La controversia político-nacional entre los inmigrantes croatas de Magallanes (1896-1918)

 

INTRODUCCION

La masiva presencia croata en la región de Magallanes (Chile) se ha singularizado históricamente por dos características: una, inicial, referida a su cuantía numérica, considerada en relación con otros aportes migratorios de origen europeo arribados al antiguo territorio de colonización, principalmente durante el lapso 1890-1930; y otra, sobreviniente, como es la importancia social, económica y cultural derivada de la presencia y actividad de los inmigrantes y su descendencia chilena en el desarrollo ulterior de Magallanes.

Para comprender lo aseverado, basta tener presente que los croatas han conformado aproximadamente la mitad del total de los inmigrantes europeos llegados a la región meridional chilena. Ello a su tiempo ha significado una participación de tal aporte sanguíneo en la sociedad magallánica actual, probablemente no inferior a un cuarto de la misma.

Pero se dio asimismo una característica que habría de resultar exclusiva de este contingente inmigratorio y que hasta el presente no ha sido considerada debidamente y que, por lo mismo, permanece virtualmente desconocida, aún para la propia descendencia. Se trata de la controversia que por razones político-nacionales hubo de surgir y desarrollarse en el seno de la inmigración, a partir de los años finales del siglo XIX y hasta pasada la primera mitad de los años diez, o mejor, hasta la conclusión de la Gran Guerra Europea, de la que derivaría la unión de los pueblos eslavos del sur en un nuevo estado, como fuera el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, antecesor de la República Federativa de Yugoslavia.

Conviene puntualizar además, que la controversia hubo de preocupar en particular a una elite entre los inmigrantes, naturalmente aquellos que poseían un mayor nivel cultural. La gran masa dispensó a los sentimientos e ideas en pugna una simpatía pasiva, lo que no obstó a que en general y hacia el fin del período en consideración, todos, quien más quien menos, acabaran por adoptar una de las dos tendencias que habrían de predominar.

LA FUNDACIÓN DE LA SOCIEDAD AUSTRIACA DE SOCORROS MUTUOS

Al promediar la década final del siglo XIX, el contingente croata en Magallanes se componía de tres y medio centenares de individuos. Es sabido asimismo que el caudal migratorio era incesante, con lo que aquella corriente no dejaba de incrementarse visiblemente. Ello significa que para entonces había una base grupal suficiente como para despertar el afán gregario e intentar la formación de una mancomunidad mutual, destinada a entregar una posibilidad cierta de protección a los trabajadores que conformaban la gran mayoría de los croatas.

A medidos de 1896, en el café de propiedad de Antonio Miličić, en Punta Arenas, había como era habitual en un día cualquiera un buen número de parroquianos, la mayoría dálmatas, entre ellos Natalio Bravo-Kosović, Elías Ilić, Alejandro Radulović y Vicente Litrica. Durante el transcurso de la animada conversación que sobre distintos tópicos sostenían, Bravo-Kosović planteó la necesidad de formar una fraternidad de ayuda mutua para asistir a los connacionales enfermos o necesitados. Es del caso señalar que para entonces los portugueses, españoles e italianos radicados en Magallanes habían constituido sus propias organizaciones mutuales y que además, desde 1893 existía una entidad similar pero de carácter cosmopolita.

La iniciativa de Bravo-Kosović fue acogida con entusiasmo por los participantes y habiéndose difundido rápidamente la noticia entre otros inmigrantes croatas, a los pocos días se hizo una reunión con el único propósito de considerar la idea, acordándose la creación de una sociedad de beneficencia, lo que en efecto tuvo ocurrencia el 4 de septiembre de 1896.

Viene al caso mencionar que ya durante la reunión preparatoria se manifestó una circunstancia que pronto habría de perturbar el consenso societario. Ocurrió que cupo dirigir el debate a Pedro Pasinović, uno de los hombres con mayor ilustración entre los inmigrantes, y al hacerlo se dirigió a los reunidos en idioma italiano, lo que motivó una interpelación de los dálmatas presentes. Ante ello Pasinović argumentó que obraba de tal manera en obsequio de los pocos asistentes que no hablaban la lengua croata.

Luego se discutió la pertenencia a la entidad y, por consiguiente, la denominación que había de llevar la misma. A pesar de la abrumadora mayoría de dálmatas entre los concurrentes y de su opinión en el sentido de que la misma llevase la denominación eslava, se impuso la austríaca, por razón de que había algunos pocos —una minoría ínfima— que no eran de origen croata, y porque todos cuantos habrían de incorporarse a la sociedad debían tener la calidad de súbditos del Rey Francisco José de Habsburgo.

En la disconformidad abierta o soterrada de muchos sobre tan importante asunto, estaría desde un comienzo el germen de futuras disensiones y discordias.

Es comprensible la molestia de la enorme mayoría de los socios, pues aunque reconocían ser súbditos de la corona de Austria, no era menos cierto que su raza era eslava, y su lengua y cultura eran croatas, por lo que su sentimiento de nacionalidad era indesmentible y vigoroso. La circunstancia conocida para la Dalmacia natal, tierra de origen de prácticamente la totalidad de ellos, en donde el gobierno real de Viena había impuesto el idioma italiano con carácter de oficial, carecía de toda validez y vigencia en un territorio extraño y libre como lo era, para el caso, el chileno.

La resistencia consiguiente no hubo de cesar, por ésa y otras razones, según avanzó el tiempo; y quienes en su momento la encabezaron, como fue el caso de Juan Sekul y Andrés Štambuk, fueron expulsados de la institución. Ello motivó que el 9 de octubre de 1900, 36 socios se dirigieron al directorio peticionando una asamblea general para tratar el asunto, que estimaban de la mayor seriedad y trascendencia. La agitación interna cundió entonces, formándose bandos pro y antidirectorio, lo que a su vez condujo a la renuncia del secretario Andrés Juričić y de otros directores que compartían la opinión disidente, situación que a su tiempo acarreó la del propio presidente, Mateo Pasinović. En vano fue que se procurase dar satisfacción reglamentaria a los descontentos, ofreciéndose incluso la aceptación de la lengua croata para uso en las sesiones y documentos, pues la discordia interna asumió para entonces la característica de un hecho irreversible que pre anunciaba la división.

En la Sociedad Austriaca habrían de permanecer finalmente aquellos que podían ser tenidos por súbditos leales de Su Majestad Francisco José: una masa apreciable de inmigrantes dálmatas, gente sencilla y buena, que sin haber renegado jamás de su raza, lengua, religión y cultura croatas, tampoco llegaría a conmoverse especialmente ante los llamados del nacionalismo croata exultante de la dirigencia de la otra parte considerable de la inmigración.

LA BIBLIOTECA CROATA

Entre tanto así había venido ocurriendo, el nacionalismo croata había cobrado renovado vigor en Magallanes, nutrido sin duda con el arribo masivo de nuevos inmigrantes, de manera tal que acabó por encontrar apropiada expresión por intermedio de la espontánea decisión de algunos espíritus patriotas, en el sentido de dar forma a una entidad de carácter eminentemente cultural, destinada a servir de centro de propagación de ideas y de servicio social.

De ese modo el 2 de abril de 1899 nacía la Hrvatska Čitaonica (Biblioteca o Salón Croata de Lectura), que habría de ser la primera institución en su género nacida en el seno de la inmigración croata en América Latina y a la que el historiador Lucas Bonačić-Dorić calificaría como “lucero del eslavismo”.

Entre sus fundadores han de mencionarse a Andrés Juričić, su primer presidente, y Juan Sekul, Simón Paravić, Jerónimo Martinić y Nicolás Štambuk, quienes fueron sus compañeros en el directorio.

No obstante su breve existencia, apenas un año, esta entidad logró desarrollar alguna labor cultural, que le hizo ganar el merecimiento de ser considerada como el vocero institucional precursor del nacionalismo croata magallánico.

LA SOCIEDAD CROATA DE BENEFICENCIA

Ante la crisis que sacudía a la Sociedad Austríaca, hubo quienes definitivamente insatisfechos con su conducción optaron por retirarse de ella, llevando la intención manifiesta de dar vida a otra institución congénere, con notorio carácter croata. En efecto, un grupo encabezado por Francisco Tomšić, Juan Sekul, Andrés Štambuk, Bartolo Poduje, Juan Ursić, Juan Spanić y Juan Turina, entre varios más, el día 28 de noviembre de 1900 echaba las bases de la nueva entidad mutual que pasó a llamarse Hrvatsko Dobrotvorno Društvo (Sociedad Croata de Beneficencia).

La condición indesmentidamente croata que la misma había de tener derivaría no sólo de su precisa identificación, como del empleo del idioma y atributos nacionales,sino y especialmente porque ella, más allá de sus fines propios, habría de constituirse con los años en el núcleo aglutinante primero, y en el centro difusor después, del nacionalismo croata magallánico.

Expresión cabal del sentimiento colectivo de los asociados eran las elocuentes frases contenidas en la memoria del segundo año institucional, leído por Jorge Jordan en sesión del 14 de diciembre de 1902 y que vale transcribir:

“Podemos enorgullecemos de la fundación de la Sociedad Croata de Beneficencia. Fuimos los primeros iniciadores del movimiento para que no se nos llame y conozca de austríacos, sino que por nuestro legítimo nombre de croatas, por nacionalidad y por lengua. Afirmo sin equivocarme que aún somos inconscientes de la obra realizada. Croacia, queridos hermanos, nos es querida, pero esto no basta, y más que nunca tenemos que ser por Croacia y el nombre croata. No permitamos que nadie ofenda nuestra sagrada causa. Con veneración tenemos que exaltar nuestro idioma croata. Adornemos y embellezcamos nuestras casas, únicamente con nuestro querido tricolor croata. Así demostraremos a todo el mundo nuestros sentimientos croatas, y ser hijos dignos de la tierra que tantos hombres dignos dio a Europa durante los pasados siglos, y que hoy yace bajo el despotismo austro-húngaro. Procuremos con nuestras fuerzas libertar de la esclavitud a nuestra querida patria croata”.

LA CUARTA COMPAÑÍA DE BOMBEROS

Una secuela tardía de aquella disputa intestina austro-croata había de registrarse poco más de un año después de la fundación de la Sociedad Croata de Beneficencia, con la creación de una compañía de bomberos integrada únicamente por voluntarios originarios de tierras croatas y que tuviesen además la calidad de súbditos de la monarquía dual.

La iniciativa hubo de tenerla Miguel Kačić, en noviembre de 1901, quien para ello solicitó al directorio de la Sociedad Austríaca la autorización para realizar en el local social la reunión informativa del caso. Esta, en efecto, tuvo ocurrencia el día 19 de enero de 1902, con la asistencia de 29 inmigrantes, todos dálmatas. Allí se aprobó ampliamente la iniciativa de Kačić y se acordó citar a la sesión fundacional que fue fijada para el dia 6 del mismo mes.

Con tal fecha y bajo el auspicio de la Sociedad Austríaca de Socorros Mutuos, se fundó la que se denominó “Austrijsko Dobrotvorno Vatrogasno Društvo Br. 4” (Cuarta Compañía Austriaca de Bomberos Voluntarios), y cuyos primeros dirigentes fueron Miguel Kačić, Lorenzo Miloš, Bartolo Poduje, David Dragičević, Juan Marović y Andrés Juričić.

Es evidente que el nombre elegido no debió ser de general aceptación, tanto que ya en abril, Juričić, a la sazón investido con el cargo de capitán, propuso en sesión del día 10 que el nombre institucional se mutara a “Slavjansko Dobrovoljno Vatrogasno Društvo” (Compañía Eslava de Bomberos Voluntarios). Sin embargo, como tal petición no concitó por entonces una aceptación unánime, fue desechada. Juričić, no obstante su fracaso, continuó empeñado en su propósito llevando adelante una campaña de convencimiento de carácter patriótico. En ese ambiente se realizó una nueva asamblea social el día 4 de mayo, ocasión en que y con general aceptación se adoptó la variante denominativa propuesta por el tenaz Andrés Juričić.

El adjetivo “slavjansko” (eslavo), no obstante su aceptación, satisfacía a medias el espíritu nacionalista de la mayoría de los voluntarios y su aceptación por entonces debía tomarse como una concesión hacia quienes podían molestarse con la denominación “croata” por el significado separatista del término, pues dentro de esta institución la mayoría de los miembros fundadores pertenecían a la Sociedad Austriaca, y por ende eran súbditos leales a la corona Austro-Húngara. A pesar de tal circunstancia, cabe consignar que desde un comienzo las actas sociales se llevaron en lengua croata y que el saludo adoptado era Bog i Hrvati (Dios y los Croatas). Con ello el espíritu nacionalista de los voluntarios pareció contentarse por entonces, y se inició sin mayores problemas internos una tranquila y firme evolución institucional.

FUENTES INSPIRADORAS DEL NACIONALISMO CROATA EN MAGALLANES

Para comprender el proceso anímico que se desarrollaba en el seno de la inmigración croata, en especial de la radicada en Punta Arenas, cabe recordar cuál era la situación que para la época, inicio del siglo XX, existía en la tierra madre croata.

A partir de la cuarta década de la centuria precedente y como tardío reflejo de la Revolución Francesa, reavivado por los movimientos políticos y sociales de 1848 en Europa central, había surgido en Croacia el Ilirismo, como fuerza ideológica inspiradora de recuperación nacional entre los croatas, y del que habría de derivar el denominado Renacimiento Croata, a la manera del Risorgimento Italiano contemporáneo.

El despertar de la adormilada conciencia nacional croata se inició con Ljudevit Gaj (1809-1872), padre del ilirismo. Bajo la inspiración de sus ideas adquirió forma un movimiento que paulatinamente fue imponiendo el uso generalizado de la lengua croata, por sobre el empleo de dialectos locales y lenguas foráneas, a partir de lo cual tuvieron un notable desenvolvimiento la literatura y la lírica croata, como expresiones de un renacimiento espiritual que identificaba a la cultura nacional de antiquísimo arraigo. En lo político el sueño de Gaj estaba en la organización de un estado que aglutinara a todos los pueblos eslavos del sur a la sazón dispersos y sujetos bajo distintas soberanías (Austria, Hungría, Serbia y el Imperio Otomano). Pero este ideal romántico no conseguiría prosperar ante el rechazo que obtuvo por parte de los serbios, de los eslovenos y de parte del propio pueblo croata.

Entre tanto, la revolución de 1848 en Austria hizo de las tropas croatas un factor decisivo en la afirmación de la monarquía y de la permanencia de Hungría en el imperio, participación histórica que despertó, como nunca antes había sucedido, las esperanzas en muchos patriotas en cuanto a la resurrección de la personalidad política nacional croata, mediante la unificación de todas las tierras históricas de tal origen, en el contexto de una federación en el viejo imperio de los Habsburgo. Así, el valor y la sangre croata sostuvieron el poder de Viena, permitiendo la derrota de la insurrección húngara. Pero aquel sueño de una Croacia rediviva hubo de verse frustrado por la ingratitud del joven monarca Francisco José.

Tal era la situación cuando comenzó a surgir la figura admirable de un gran pensador y patriota croata, Ante Starčević, quien con claridad y entereza defendió desde el parlamento de Zagreb (Sabor) y aun en la misma Viena, los derechos inalienables del pueblo al que pertenecía. En torno a su persona y bajo su inspiración hubo de formarse el Partido del Derecho, en donde hallaría expresión filosófico-política cabal el nacionalismo croata o croatismo, que se fortaleció en la lucha contra el hegemonismo húngaro.

Las ideas de Starčević, que se afirmarían y difundirían entre 1861 y su muerte, ocurrida en 1896, tenían como fundamento la recuperación de la identidad nacional croata a través de la unificación de las regiones históricas y el desarrollo renovador de la vieja cultura, para luego superar el legitimismo (lealtad a la dinastía real) — una vez que se perdiera la confianza en Viena—y buscar la construcción final de un estado nacional de corte democrático y liberal, a tono con la evolución política de Europa occidental.

A partir de 1870 sin embargo hubo de surgirle al nacionalismo croata una suerte de adversario ideológico, cuando el ilustre obispo de Đakovo, monseñor Josip Juraj Strossmayer, recogió la vieja bandera romática del ilirismo de Gaj y renovando su ideario proclamó cómo objetivo fundamental la unión política de todos los pueblos de raigambre eslava meridional: el Yugoslavismo.

Las ideas de Strossmayer hubieron de ganar entusiastas adeptos en Dalmacia, conquistando inclusive a dirigentes como Frano Supilo y Ante Trumbić, alcalde de Split, que había adherido con fuerza anteriormente a la tesis de Starčević. Ello explicará más tarde el vigor del ideario yugoslavista entre la juventud instruida de Dalmacia, que se desparramaría con la emigración.

No obstante la difusión que alcanzaría su filosofía, la fría acogida que a la misma dispensarían los serbios, hizo que Strossmayer recapacitara un tanto y concluyera por encontrarse con Starčević. De tal modo cobró forma concreta, en 1894, la unidad de la oposición croata al régimen gobernante en el imperio Austro-Húngaro, proclamando como aspiración inmediata la unión de las tierras históricas croatas en un estado común, pero dentro del esquema político del imperio de los Habsburgo.

En ese ambiente de vigoroso renacimiento del espíritu y la cultura nacionales, y de controversia respecto de los medios para hallar una solución práctica para la suprema aspiración de la reconstitución de la patria croata —sentimiento que anidaba por largos ocho siglos en lo recóndita del alma popular—, se había nutrido la inteligencia y la intelectualidad. que en los sentimientos y en las voces de tantos inmigrantes tendría un lejano eco en las tierras americanas.

Así considerada la situación, con el despertar del siglo XX, podían advertirse dos tendencias o posiciones entre los inmigrantes de Magallanes. Una, la legitimista o pro austriaca, que aparentemente comprometía a una mayoría, teniendo en cuenta el número de adherentes dálmatas con que contaba la Sociedad Austriaca de Socorros Mutuos, y que podía ser definida como una simple, y de hecho no reflexiva, aceptación por los más del estado de cosas imperante en la madre patria; y de deliberada adhesión al dominio austro-húngaro, en sólo contados individuos. La otra, la nacionalista croata, que progresivamente concitaba el respaldo patriótico de la masa inmigrante y que virtualmente monopolizaba a la “intelligentsia” de tal contingente.

LA PUGNA POR LA REPRESENTATIVIDAD DE LOS INMIGRANTES, ENTRE LAS SOCIEDADES MUTUALES AUSTRIACA Y CROATA

Las disensiones políticas que agitaban a la inmigración croata en el Territorio de Magallanes, habrían de tomar estado público durante 1903, cuando las correspondientes entidades societarias procuraron ganarse la simpatía y el reconocimiento por parte del primer representante diplomático de Austria-Hungría ante la República de Chile.

Había de por medio una cuestión de prestigio ante la sociedad local, en particular ante la propia colonia residente, y ante las propias autoridades territoriales. De allí que la Sociedad Croata de Beneficencia consideró adelantarse a su rival en la correspondiente presentación, en cuanto a la designación de un agente consular para la atención de las variadas necesidades de los inmigrantes.

En efecto, con fecha 19 de abril y en comunicación suscrita por Juan Sekul, presidente; Jorge Jordan, secretario, y Juan Turina, tesorero; y dirigida al conde Leonardo Starzénski, Ministro de Austria-Hungría, se expresaba en parte:

“Su Excelencia, como fieles súbditos de la Monarquía austro-húngara, la cual hoy en día V.E. tiene el honor de representar en esta República, y en nombre de un mil quinientos ciudadanos nuestros, los cuales hablan el idioma croata, y radicados aquí en este extremo sur del Universo, venimos pidiendo justicia, la cual nos pertenece por Dios y por las leyes de Austria-Hungría, para que cuanto antes le sea posible a V.E. se sirva nombrar un cónsul en esta ciudad, el cual además de representar el Estado de que somos súbditos, también defendería nuestros intereses de las contingencias del porvenir.

Han pasado veinte años desde que principiaron a pisar estas playas nuestros croatas, habiendo permanecido hasta hoy como un barco sin timón. Muchas veces nos hemos dirigido a nuestros diputados en Viena, para que se nos nombre un cónsul, pero siempre ha sido en vano. Hoy día todas nuestras esperanzas están puestas en V.E., para que nuestra solicitud sea oída, y que se nos nombre un cónsul, designación que debería recaer en la persona de un hombre justo y honorable de nuestra nacionalidad croata, haciendo honor a Austria-Hungría, y que además nos podamos entender en nuestro idioma croata”.

Es de hacer notar que el espíritu patriótico que animaba a los peticionarios no estaba tanto en la respetuosa exigencia de la parte final del segundo párrafo transcrito, cuando en la advocación de saludo final: “Que Dios guarde Su Majestad, nuestro buen Rey Croata Francisco José 1°. y a su representante Conde Leonardo Starzénski”. De modo tan elegante como sutil se recordaba al diplomático la precisa vinculación de su soberano con la tierra croata.

La respuesta, como correspondía a la de un personaje dicho en el oficio, contenía el beneplácito del ministro por los saludos y votos, además de hacer suya la aspiración representada. Para ello se adelantó a solicitar el envío de los antecedentes de los posibles candidatos al consulado imperial y real en Punta Arenas.

De tal manera iban las cosas, cuando los legitimistas austríacos, que se habían mostrado lerdos en su correspondiente expresión de adhesión a Starzénski, se enteraron de aquel intercambio epistolar y determinaron manifestar con la mayor premura su fidelidad. El 27 de mayo de ese año 1903 era cursada una nota al representante imperial y real, en la que los firmantes se condolían por el apresurado reconocimiento que aquél hiciera de la entidad croata congénere.

“Los que suscriben —señalaban—, miembros del directorio de la Sociedad Austríaca de Socorros Mutuos, nos permitimos hacer presente a V.E. el profundo desengaño que hemos experimentado al ver que V.E. se ha dirigido al Directorio de la Sociedad Croata de Beneficencia, a fin de obtener datos sobre las personas que pudieran asumir la representación de nuestra patria en este territorio.

Esta extrañeza será justificada ante la opinión de V.E., cuando sepa que la sociedad a que pertenecen, es la única genuina representante de la colonia austriaca, como lo dice claramente su título social.

Creemos de nuestro derecho hacer presente a V.E. que la Sociedad Austríaca fue la iniciadora de la colonia; organismo existente desde el año 1896, y siguiendo una marcha de prosperidad notable, merced a los esfuerzos de sus 280 socios. logra a la fecha poseer un capital de reserva de 10.000 pesos moneda chilena. Los beneficios que esta sociedad ha aportado a los que se han visto obligados a recurrir a su protección, están de manifiesto y son bien reconocidos, sin negar a la Sociedad Croata, de muy posterior organización, sus méritos. Creemos que no es ella la llamada a representar nuestra colectividad, pues deseamos la unidad del gran imperio a que pertenecemos, que hace una distinción hiriendo a los fieles súbditos austríacos.

Estas razones nos obligan a protestar respetuosamente ante V.E. de cualquier dato que represente a nuestra más conveniente representación en este territorio, pudiera ser enviado por esa sociedad”.

Esta comunicación fue seguida un par de semanas después por una solicitud dirigida a Starzénski, y que era del siguiente tenor:

“Los abajo firmantes, fieles súbditos de S.M. el Emperador de Austria-Hungría, al mismo tiempo que protestan contra la aseveración hecha al digno representante de ese imperio en Chile, por la Sociedad Croata de S.M., al decir que sólo existe la colonia croata en Punta Arenas, exhortan al señor Ministro que, para el nombramiento de un representante en ésta, se atenga a la indicación de persona que considere apta el Directorio de la Sociedad Austriaca, por ser esta corporación la que más méritos reúne, por su antigüedad, personería y liberalidad de fines sociales”.

En su respuesta el diplomático cuidó de herir susceptibilidades, evitando pronunciarse en favor de una u otra sociedad, y, respecto del nombramiento consular, planteó la conveniencia de una proposición formulada de común acuerdo.

Conocido como era el grado de animosidad entre los grupos dirigentes de ambas entidades, tal sugerencia no habría de tener probabilidad alguna de éxito. Por el contrario, los filo-austriacos se apuraron en hacer saber al ministro la imposibilidad de acordar con la Sociedad Croata, pues conocido es el espíritu revolucionario y separatista que abrigan los naturales de la provincia de Croacia y que lo ponen de manifiesto siempre aún por la prensa, como lo prueba la existencia del diario “Sloboda” en este país, todo esto en contraposición del ánimo de la mayoría de súbditos de S.M. el Emperador, que afirmativamente es de 90% en ésta.

Para entender la referencia a “Sloboda”, es menester consignar que este periódico, fundado en Antofagasta en marzo de 1902 por Ivan Krstulović, y que rápidamente comenzó a circular entre los inmigrantes radicados en distintos puntos de Chile, había asumido una posición de exaltación del nacionalismo croata, propugnando directamente la independencia del antiguo reino.

El malestar evidente con que sería recibido el periódico entre los legitimistas, hubo de concitar animosidad en contra de su corresponsal en Punta Arenas Andrés Juričić, al punto de expulsarle de la Sociedad Austriaca en la que el mismo se había mantenido.

Con tales antecedentes, era natural que el conde Starzénski se inclinara a dar el reconocimiento a dicha entidad y acogiera su proposición para la representación consular. Esta recayó en José Pasinović, ilustrado comerciante dálmata originario de Boka Kotorska.

En una y otra materias, pues, el legitimismo austriaco en Magallanes había ganado la partida. Pero tal triunfo tendría el carácter de pírrico, pues en definitiva sus consecuencias locales, añadidas a otras circunstancias externas, habrían de contribuir a la vigorización y difusión del nacionalismo croata en la colectividad residente.

LOS SUCESOS DE 1903 A 1909  EN CROACIA Y SU REPERCUSIÓN EN MAGALLANES

Pese a todo, lo ocurrido en el seno de la colonia croata de Magallanes parecía, a marzo de 1903, una simple disensión intestina sin mayor relevancia. Pero la misma hubo de cobrar fuerza e importancia, una vez que se difundieron entre los inmigrantes las noticias francamente inquietantes que procedían de la lejana patria y que daban cuenta del levantamiento croata anti-húngaro de 1903.

La torpe y ciega política conjunta de Viena y Budapest respecto de Croacia, lejos de aplacar el legítimo malestar del grueso de la población, no había hecho más que exacerbarlo. Los reclamos autonómicos, que se hacían considerando la unidad del imperio, y la justísima aspiración por la auto-determinación de la nación croata, fueron ignorados o burlados una y otra vez, provocando un levantamiento popular en distintas partes de Croacia y Eslavonia sometidas a la tutela húngara, y que fue brutalmente repelido.

Fue entonces que las diputaciones croatas de Dalmacia e Istria ante el Parlamento de Viena, demandaron a Francisco José su intervención como rey croata, pero infructuosamente. Como bien ha señalado Prvislav Weissenberger, tal desatino del monarca contribuiría a la larga a la radicalización del nacionalismo croata.

La numerosa colonia croata de Magallanes fue la primera en Chile que conoció las informaciones sobre los sucesos comentados, y las reacciones de pesar y condena no se hicieron esperar en su seno. La bandera nacional fue izada a media asta en el frontis de la sede de la Sociedad Croata de Beneficencia, en expresión de duelo por las víctimas de la represión húngara. Por otra parte, una comisión ad hoc tuvo a su cargo la recolección de dinero para concurrir en ayuda de los deudos de los caídos en las jornadas de protesta; y, en su oportunidad, se llamó a los inmigrantes a abstenerse de celebrar el natalicio del Emperador, el 18 de agosto, solidarizándose así con demostraciones semejantes de repudio puestas en práctica por otras comunidades distribuidas en la zona norte de Chile.

Las actitudes de reprobación de los nacionalistas croatas magallánicos, con todo no llegaron al grado de vehemencia y aún de violencia que se registraría después entre los inmigrantes de Antofagasta.

Pero la cosa no había de quedar en lo señalado, pues una nueva muestra de la reacción local ante los oprobiosos sucesos de Croacia, se tuvo en la decisión adoptada en asamblea del 25 de octubre de 1903 por la Cuarta Compañía de Bomberos, en el sentido de pasar a denominarse “Hrvatsko Dobrovoljno Vatrogasno Društvo broj 4″ (Cuarta Compañía Croata de Bomberos Voluntarios), sin eufemismos.

Al calor de la efervescencia patriótica, meses después germinaron nuevas organizaciones croatas en Punta Arenas. La primera fue la Hrvatsko Tamburaško Društvo “Tomislav” (Sociedad Estudiantina Croata “Tomislav”), fundada el 22 de mayo de 1904 bajo la inspiración del profesor Pedro Gašić hacía poco llegado al Territorio de Magallanes. Sus fines eran los de promover el cultivo de la música, el canto y la poesía, además de fomentar los sentimientos patrióticos, todo ello para servir como órgano de expresión y difusión de la cultura croata en el medio regional, para propios y extraños. Un propósito semejante, a más del cultivo del arte escénico, condujo a la creación durante aquel mismo año del Hrvatsko Omladinsko Dramatsko Društvo Ivan Gundulić (Centro Dramático Juvenil Croata Ivan Gundulić). Por fin, viene al caso consignar la aparición, el 19 de marzo de 1905, del semanario Male Novine (Pequeño Noticiero), fundado por el ya citado Gašić, quien desde entonces y para lo futuro pasaría a ser uno de los inspiradores intelectuales del nacionalismo croata magallánico, cuya creciente consolidación era cosa manifiesta.

Cundía entonces el fervor patriótico en un amplio sector de la colonia residente y que se expresaba de variada manera: desde simples conversaciones de café, hasta improvisadas charlas o disertaciones en asambleas o incluso en espontáneos debates; en la difusión de oleografías conmemorativas de sucesos históricos, tales como las que representaban la coronación de Tomislav, primer rey croata y el sínodo episcopal convocado por Zvonimir; o bien una alegoría relativa al Renacimiento Croata o, por fin, retratos de personalidades como Ivan Gundulić, el ban Josip Jelačić, Starčević y Strossmayer. También con la presentación de dramas heroicos y la difusión de canciones e himnos de contenido patriótico, entre ellos la sentida Lijepa Naša Domovino.

De tal modo marchaban las cosas al promediar la primera década del siglo. La situación, podría afirmarse, había quedado en una suerte de status quo. El legitimismo, concentrado en su bastión de la Sociedad Austriaca, disponiendo de la representación consular y de una cuota más bien escasa de adherentes fervorosos. El nacionalismo croata, afirmado en sus distintas organizaciones societarias emergía vigoroso, ganando progresiva popularidad en el interior de la inmigración.

Por aquel tiempo comenzaron a jugar un papel interesante en la consolidación de las posiciones conocidas, las noticias que regularmente procedían de otros dos centros importantes de concentración de inmigrantes croatas, como eran Antofagasta y Rosario, importante ciudad argentina; sin dejar de lado, por supuesto, las informaciones que se recibían de Dalmacia y Croacia.

De allí precisamente provino la noticia que daba cuenta del acuerdo denominado “Resolución de Rijeka”, establecido por la dirigencia croata-serbia de Istria, Dalmacia y el banato de Croacia como parte de un pacto político convenido con la oposición húngara al gobierno imperial de Viena, en cuya virtud ésta aceptaba el respeto al compromiso croata-húngaro de 1868 (que había establecido el estatuto regulador de las relaciones recíprocas, sobre la base histórica del Pacta Conventa de 1102). Ello a cambio del apoyo por parte de los representantes serbios y croatas ante los parlamentos de Viena y Zagreb, respectivamente, a las posiciones de la oposición húngara.

Dicho acuerdo fue seguido y complementado tiempo después por otro, conocido como “Resolución de Zadar”, denominado así por la ciudad dálmata donde fue suscrito, en virtud del cual la coalición formada por croatas y serbios apoyaría a través de su dirigencia política a la minoría serbia residente dentro de Croacia, a cambio del compromiso de la oposición húngara en cuanto a conseguir mayor libertad para la nación croata, en cuyo seno los serbios tendrían completa igualdad de derechos como los mismos hijos de aquella.

Esta circunstancia que se presentaba auspiciosa para el porvenir y que parecía asegurar la posibilidad de un entendimiento armonioso de mutuo provecho, se perdió lamentablemente durante las primeras semanas de 1906, cuando, la oposición húngara logró entenderse con el gobierno de Viena, acuerdo del que derivó la incorporación del viejo líder liberal Ferenc Kossuth, inspirador de aquel movimiento, y, como consecuencia, la postergación sine die del proyecto de elecciones universales que habría de proporcionar una base apropiada para la re acomodación política de las nacionalidades en el interior del Imperio, y al que los húngaros se oponían decididamente, por cuanto implicaba una amenaza cierta a su hegemonía.

La frustración que acarreó aquella efímera esperanza, favoreció la tesis de una minoría que reclamaba la adopción de definiciones radicales, abiertamente separatistas. De tal modo pudo conseguirse el entendimiento político entre croatas y serbios (en el interior de Croacia), que pre anunciaba el futuro auge de la idea yugoslavista. Los signos del tiempo, entonces, señalaban una marcha sin retorno hacia posiciones francamente radicales.

Entre la diápora croata en el mundo, particularmente en las dos Américas, aquellos sucesos contribuyeron a catalizar el sentimiento patriótico en pro de la unión yugoslava, de manera tal que, en distinto grado y con variantes locales, fueron afirmándose corrientes cada vez más definidas de opinión, paulatinamente favorable al reclamo nacionalista extremo.

En este ambiente de profundo sentimiento nacional, surgió en el inicio de la primavera de 1907 la idea de constituir una entidad matriz, Dom (Hogar), bajo cuyo alero habrían de cobijarse todas las instituciones preexistentes, inclusive la Sociedad Austriaca de Socorros Mutuos. La interesante idea provino de Pedro Hrdalo, Jorge Jordan, Juan Trutanić y Esteban Livačić.

La reunión fundacional fue celebrada el 28 de septiembre y en ella se acordó la creación del Jugoslavenski Dom (Hogar Yugoslavo). La denominación debe sorprender, tanto por lo prematuro del uso del adjetivo, cuya connotación politica era manifiesta, cuanto porque entre los fundadores se contaban hombres como Hrdalo y José Pasinović, conocidos como pro austriacos o legitimistas. A falta de otra explicación que satisfaga, ha de tomarse la aceptación que hicieron del nombre como muestra de tolerancia para con los principios político-nacionalistas de la época, en la que los croatas y la minoría serbia que habitaba dentro de Croacia, buscaban una mayor representatividad dentro del Imperio Austro-Húngaro.

Es del caso destacar que en la gestación y organización de esta nueva entidad social participaron varios otros destacados personeros del grupo legitimista, lo que revela que a pesar de las diferencias, el trato armónico recíproco era posible, circunstancia que pone de relieve la voluntad fraternal .superior que inspiraba a los participantes. A pesar de esto, este primer “Dom” no logró prosperar.

Naturalmente, quisiéramos o no, los sentimientos de los nacionalistas croatas, yugoslavistas o legitimistas a la corona austro-húngara, debieron sin embargo aflorar y constituir fuente de divergencias, a las que habría de atribuirse el fracaso de la iniciativa cuando la misma estaba en germen. Con todo había sido un esfuerzo precursor, pues los tiempos no estaban maduros para un proyecto semejante. Antofagasta, el importante puerto del Norte chileno, y lugar de radicación de un apreciable contingente de croatas de Dalmacia, fue uno de los centros de más temprana efervescencia política y su influencia consiguiente se extendería sobre otros núcleos cercanos; también más allá de las fronteras chilenas, sobre grupos establecidos en Bolivia y Argentina y, ya por supuesto, alcanzaría hasta la remota Punta Arenas, en el estrecho de Magallanes. Aquí encontraría eco el pensamiento de los croatas de Antofagasta, que se divulgaba principalmente por intermedio de “Sloboda”.

Por la misma época aparecería en 1908 un nuevo periódico en Punta Arenas, ostentando el sugestivo nombre de Domovina (La Patria) y que debía convertirse desde un comienzo en el vocero de inquietudes nacionales.

Entre tanto las noticias procedentes de Europa eran ciertamente para preocupar, pues anticipaban una crisis en el entendimiento croata-austro-húngaro, que habría de influir en el devenir de los acontecimientos en los Balcanes.

La tensión había comenzado en la Croacia propiamente dicha, sujeta a la férula húngara. El lamentable gobierno del ban (virrey) impuesto por Budapest acarreó el malestar de los representantes de la oposición en el Parlamento de Zagreb y que interpretaban a la mayoría abrumadora del pueblo croata. Como consecuencia de la tirantez sobreviniente, el ban había disuelto el Parlamento el 12 de diciembre de 1907. Las acusaciones de los representantes populares eran serias: violación grave y reiterada de la constitución, lo que implicaba el quebrantamiento del acuerdo húngaro-croata.

En tal caldeado ambiente se convocó a nuevas elecciones parlamentarias para febrero de 1908, consulta en la que el oficialismo pro-húngaro sufrió una derrota severísima. Ante lo ocurrido. Francisco José, llamado naturalmente a servir de árbitro en la contienda política, dispuso por decreto del 13 de marzo la clausura del Sabor. Frente a tal actitud real los parlamentarios de la opositora coalición croata-serbia respondieron con el llamado “Manifiesto de Marzo” (20-III-1908) por el que proclamaban el derecho inalienable a la autodeterminación del pueblo croata y la unidad entre los pueblos hermanos de sangre eslava y lengua común.

La respuesta de la autoridad real impuesta, fue condigna de la inveterada y obstinada ceguera de la monarquía dual para enfrentar un problema que de suyo era delicado y ahora además candente: gobierno absoluto y atrabiliario, represión de las libertades públicas y atropello de la autonomía de la Universidad de Zagreb, foco de la intelectualidad nacionalista.

La juventud universitaria croata viendo atropellados los derechos fundamentales de su alma mater, determinó emigrar hacia otros centros de estudios superiores como Praga y Viena, llevando consigo el fermento de una disconformidad irreversible para con el régimen gobernante.

Tal era de difícil la situación cuando el gobierno Austro-húngaro decidió la anexión de las históricas regiones croatas de Bosnia y Herzegovina (octubre de 1908). Una acción semejante que debía haber sido recibida con alborozo por la nación croata por cuanto significaba la liberación definitiva de aquellas seculares tierras cristiano-occidentales irredentas, que hasta 1878 habían estado bajo el vasallaje turco, se vio ensombrecida por la decisión imperial de mantener esos territorios como un condominio Austro-Húngaro, en vez de incorporarlos —como correspondía por derecho histórico— a Croacia. Así, innecesariamente se agravió, y en forma profunda, el sentimiento nacional croata, además de molestarse de paso al Reino de Serbia que también tenía aspiraciones sobre aquellas viejas tierras ubicadas en el centro de los Balcanes.

Para rematar tanto dislate se fraguó el discutido y fraudulento proceso en contra de algunos personeros de la oposición croata-serbia, bajo la acusación de haberse puesto en convivencia con el gobierno extranjero de Belgrado y contra los intereses del imperio. Fue el tristemente famoso proceso de Agram (denominación austríaca para Zagreb), que lejos de conseguir sus objetivos, logró en cambio concitar el repudio internacional y contribuyó a consolidar la unión de los croatas de la diáspora migratoria, en torno al ideario que inequívocamente se orientaba al yugoslavismo.

En vano algunos escasos estadistas y políticos en Viena, entre los cuales habría estado el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono, aconsejarían moderación al gobierno dual, a fin de no extremar la tensión en Croacia, que de anti-húngara se iba convirtiendo en anti-austriaca y anti-imperial. Para los moderados, la única opción que quizás restaba, en el contexto de la conservación del imperio, era el reconocimiento de un estatus de igualdad a los eslavos, con respecto a los austriacos y húngaros, y la reorganización de sus naciones integrantes en una gran federación.

Cabe imaginar cómo se fueron recibiendo en Punta Arenas una tras otra tan importantes informaciones, las que luego eran comentadas y debatidas con la característica vehemencia croata en grupos y reuniones. Ha de suponerse también que durante tal proceso, la reflexión y el convencimiento habrían de ir imponiendo paulatinamente una visible orientación hacia la tesis yugoslavista, en desmedro de la otrora fuerte opinión croatista. Sería un cambio lento pero finalmente irreversible.

Así las cosas, a fines de 1908 arribaba a Punta Arenas como inmigrante el médico Mateo Bencur, eslovaco de nacimiento, pero con larga práctica profesional y residencia en la isla dálmata de Brač, donde había contraído matrimonio con Petronila Didolić, hija de una respetable familia de Selca. Bencur era un hombre de inteligencia superior y vasta cultura, que pronto habría de destacarse y hacerse respetar en el seno de las entidades croatas por su gran calidad humana y por su prudencia. Como pensador, Bencur era un convencido yugoslavista; sus ideas lo situaban entonces en el ideario político de Strossmayer. Su saber y la claridad conceptual que poseía harían del mismo un factor indudable de moderación y armonía, de manifiesta influencia sobre el núcleo intelectual croata de Magallanes y sobre la masa común de los inmigrantes.

Apropiada expresión del sentimiento que entonces y a raíz de tantos acontecimientos debía conmover a buena parte de la inmigración, hubo de tenerse en la proclama distribuida en Punta Arenas el 23 de octubre de 1909 y dirigida a los croatas de Magallanes, a propósito del mentado proceso de Zagreb, y de cuyo texto viene al caso transcribir algunos párrafos expresivos:

“Hermanos,

A nosotros los eslavos de la monarquía de los Habsburgos, a pesar de ser desde antaño sus más fuertes pilares, se nos vislumbra un trágico porvenir, debido a la prepotencia de tedescos y magiares (austriacos y húngaros), que tratan de destruirnos.

El trireino de Croacia, Eslavonia y Dalmacia, y luego las recientemente anexadas provincias de Bosnia y Herzegovina, existen para nosotros solamente en el papel. Estos, antes libres restos de nuestra gloriosa y antigua patria, se han convertido realmente en lugares intencionales de procesos políticos.

En la capital de Croacia, la culta Zagreb, acaba de terminar en estos últimos días, un odioso proceso en el que fueron condenados muchos de nuestros dignos hermanos serbios, verdaderos mártires y defensores de nuestro nombre eslavo y de la libertad nacional.

¿Y por qué todo esto?

Desde algún tiempo, serbios y croatas se dan cuenta que son unos mismos y un solo pueblo con dos nombres, y que interrumpiendo su lucha fratricida, se tendieron cordialmente las manos de la reconciliación, para obrar juntamente en el campo de la cultura y la economía nacional, y para que a nuestro pueblo amanezcan días mejores.

Esta sincera y fraternal unión, llegó a alarmar a austriacos y húngaros, y como trataran de la ocupación de Bosnia y Herzegovina, comenzaron a obrar violentamente para reducirlos por la fuerza, ya que no podían hacerlo benignamente.

(…) Desde este suelo libre de nuestra segunda patria, desde la gloriosa República de Chile, en la que gozamos de libertad y de la hospitalidad de sus hijos, desde esta tierra regada por la sangre de sus mártires, triunfantes de la tiranía, demostraremos que somas hijos dignos de nuestros inmortales antepasados, y protestemos contra este moderno vandalismo del siglo XX”.

Suscribían este encendido documento, entre otros Juan Sekul, Mateo Bencur, Pedro Hrdalo, Jerónimo Martinić, Andrés Juričić, Vladimir Perović, Pedro Gašić, Simón Juan Paravić, Agustín Denegri y Jorge Jordan.

La proclama tenía por objeto convocar a los croatas magallánicos a una asamblea para debatir la situación. La misma se efectuó al día siguiente, con una concurrencia masiva de inmigrantes, nunca antes registrada en acto social croata alguno, a los cuales se dirigieron Juan Sekul, Vladimir Perović y Jorge Jordan para explicar las motivaciones de la reunión, cargadas de sentimiento patriótico.

La asamblea culminó aprobándose por aclamación un voto público del siguiente tenor:

1ro. Los croatas y serbios residentes en Punta Arenas, Chile, reunidos hoy en gran asamblea pública, protestan solemnemente en contra de la injusta sentencia y de los procedimientos en el así llamado proceso por supuesta alta traición, en Zagreb, y saludan cordialmente a los injustamente condenados hermanos serbios.

2do. Convencidos que croatas y serbios son un mismo pueblo, y que solamente en su acción conjunta reside la salvación de nuestro pueblo, concuerdan con ella y aprueban la obra de la Coalición Croata-Serbia, deseando que cuanto antes le sea posible eliminar de Croacia a sus sanguinarios enemigos internos y externos.

Este voto de acuerdo fue divulgado hacia el exterior a través de la agencia de noticias Havas y remitido especialmente al combativo periódico Materiniska Riječ, de Rosario.

No obstante el fervor patriótico que estos actos y sucesos consiguieron despertar entre muchos croatas residentes, la moderación proseguía siendo la norma reguladora en la convivencia cotidiana de los inmigrantes, aunque sus sentimientos respecto de la materia de que se trata fueran encontrados. Inclusive, unos y otros concurrieron a recibir y festejar a personalidades austriacas que visitaron Punta Arenas hacia 1910. Tal conducta por parte de los croatas imbuidos del patriotismo era posible, por cuanto si de una parte afirmaban con decisión la personalidad y derechos de la patria lejana, y consecuentemente protestaban por la tiranía húngara, tolerada por Viena; por otra se reconocían como súbditos respetuosos de la doble monarquía.

Este espíritu de moderación y conciliación también había inspirado la redenominación del antiguo periódico “Domovina” (que había sido dirigido por Gašić, de postura francamente radical) a Novo Doba (Nueva Epoca), ahora bajo la dirección de Juan Trutanić, su nuevo propietario (1910). En el nuevo plan editorial este vocero había partido llamando a la unificación de las sociedades mutuales, bajo la sola denominación eslava.

A esta campaña vino a sumarse después una recomendación semejante por parte del periódico Progonjena Materinska Riječ, de Rosario, órgano que inclusive patrocinaba la integración bajo el nombre Hrvatsko-Slavensko Pripomoćno Društvo (Sociedad de Beneficencia Croata-Eslava). Pero la unificación no llegaría a producirse atendidas las opuestas posiciones ideológicas de los dirigentes.

Por aquel tiempo el objetivo central del nacionalismo croata moderado, esto es la solución del problema nacional croata en el contexto del imperio de los Habsburgo, seguía contando con el apoyo de la intelectualidad croata residente. Lo prueba el extenso artículo “Austria-Hungría y el Federalismo” firmado por Lucas Bonačić-Dorić y publicado por “Domovina” en su edición del 18 de septiembre de 1910. En él su autor propugnaba al indicado sistema de gobierno interior y organización estatal, como el único posible para armonizar las contradicciones nacionales en el interior del imperio y, de tal manera, para salvar su unidad.

Así se daban las cosas, cuando un nuevo cambio en “Novo Doba” (1911) llevó a la dirección a Bonačić-Dorić, quien para entonces ya insinuaba una postura filoyugoslavista, quien hubo de contar con la colaboración de Miroslav Tartaglia, figura notable del núcleo radicalizante. Bajo la nueva dirección el periódico puntarenense sostuvo un amistoso debate con el periódico rosarino Zajednica, que había pasado a reemplazar al agresivo “Materinska Riječ”, en el contexto de la moderación que parecía inspirar al nacionalismo croata militante.

Esta circunstancia condujo a la dirigencia de las instituciones croatas entonces existentes, a convocar a una reunión amplia, a realizarse el 12 de julio de 1911, para el efecto de considerar la fundación de un nuevo periódico que interpretara a cabalidad los sentimientos y aspiraciones de los inmigrantes radicados en Magallanes, pero que al propio tiempo fuese un vocero del nacionalismo croata en América del Sur. El doctor Bencur al dirigirse a los concurrentes a la asamblea tuvo conceptos que entendemos no sólo reflejaban su propio pensamiento, sino el de la generalidad de la intelectualidad croata.

El vocero que se quería fundar, señaló con claridad el ilustrado médico, estaría al servicio de nuestro espíritu nacional croata y podría convertirse en órgano no solamente de la colonia croata de Punta Arenas sino de toda nuestra emigración en la América del Sur. Punta Arenas se convertiría así en centro del despertar nacional, en momentos cuando ha dejado de salir “Materinska Riječ” que tan bien nos representara, y en momentos que nos imponemos de la desconfianza que se despierta alrededor de “Zajednica”, en Rosario de Santa Fe. No solamente que representaría nuestros intereses sino que congregaría a su rededor a todos nuestros hermanos eslavos, especialmente a los eslavos del sur, y en primer lugar a los serbios con los que aspiramos por la unificación.

Luego, precisando sus sentimientos e ideas, añadió:

“El periódico defendería los mismos derechos por los que está aspirando nuestra patria y que por derecho natural le corresponde y que tiene que conquistar de sus opresores. Croacia es un reino autónomo con gobierno y parlamento propios; pero, señores, ella no es tan independiente como lo son Serbia y Rumanía, sino que forma parte del imperio austro-húngaro. Por eso tenemos que estimar a nuestro rey como a nuestro legítimo soberano por ser a la vez Rey de Croacia. Tenemos que estimarlo porque no podemos abstraernos a esta obligación. Esto no nos perjudica y no impide que defendemos nuestros legítimos derechos y los de nuestra patria. El periódico tendría que estar por encima de todos nuestros conflictos. Como la existencia de los periódicos no nos reporta más que desunión, y como esto ya lo estamos experimentando, el proyecto evitaría este mal. Estas son nuestras ideas respecto al proyecto que tenemos que debatir y resolver.”

Puesta en consideración la moción y como hubo quienes estimaran que su filosofía implicaría una adhesión irrestricta hacia Austria, controvirtieron tal aspecto, recordando antiguos agravios de los Habsburgo hacia la nación croata, todo ello aunque concordaban los impugnadores con la idea general.

Jorge Jordan, otro de los portavoces indiscutidos del nacionalismo croata, defendió a su turno la postura de Bencur, expresando que sus palabras debían entenderse como las propias de un hombre de insospechables ideas liberales, que exponía que era nuestro deber estimar a nuestro rey, sin que esto sirviera de motivo para renunciar a nuestros derechos. Agregaba que nosotros no podríamos llegar a la independencia por la revolución porque las utopías eran utopías. Solamente constitucionalmente se podría conquistar nuestros derechos y la libertad.

“Tenemos que buscar nuestra unificación y de las tierras croatas, dentro de la monarquía austro-húngara, cuyos derechos nos pertenecen y defiendan las leyes. Es imposible concebir nuestra libertad por otros métodos. Este nuestro periódico tendría que estar dirigido a todo lo que no sea justo y ser dirigido contra el gobierno y sus órganos. Así tendrían que ser interpretadas las palabras del doctor Mateo Bencur”.

Aclarando finalmente sus conceptos, el médico filántropo precisaría aún más:

“Dije que tendríamos que respetar a nuestro soberano como a nuestro rey croata. A esto nos obliga el deber y la moral, pero esto no es un impedimento para que no aspiremos a la liberación y unificación de nuestras tierras y de ser fieles a nuestros derechos y que los mismos se nos otorguen y respeten. Muchos no han entendido ni comprendido mis palabras. Nuestro periódico escribiría contra todo aquello que significara injusticia y contra los gobiernos que intentaran en contra de nuestros derechos. Esto sería una parte del programa de nuestro periódico.

Si nuestros gobiernos son malos, en primer lugar sobre nosotros mismos recae la culpa. Nosotros somos los que elegimos a nuestros representantes cuya mayoría formaría gobiernos. No es nuestro rey el que forma los gobiernos sino la mayoría parlamentaria. El rey tiene tanta influencia en la formación de los gobiernos como la podría tener el Presidente de la República de Chile sobre el Congreso. Siempre estuve en oposición a los gobiernos y las ilegalidades y no he sido influenciado de ninguna parte. Les puedo declarar que por haber sido opuesto a los gobiernos me he inclinado a venir a América”.

La iniciativa de los dirigentes de las instituciones croatas fue finalmente aprobada por la mayoría de los reunidos. De tal modo “Novo Doba” cesó en su publicación con el término de aquel mes de julio. Pronto fue reemplazado por un renacido “Domovina”, cuyo tono estuvo acorde con la moderación ambiente.

Quienes postulaban una posición más extrema, disconformes a su vez con la línea de “Novo Doba”, a la que tenían por semejante a la de “Zajednica”, determinaron crear a su turno otro periódico que fuera el reflejo de sus ideas radicales. Este fue Dom, que fundado y dirigido por Pedro Gašić, apareció por ese tiempo atribuyéndose la condición de portavoz de una rara Hrvatska Pučka Narodna Omladina u Magallanesu (Juventud Nacional Popular Croata en Magallanes), nacido, así lo afirmaba, para combatir las tendencias pro austriacas en Sudamérica (léase “Zajednica”). Su vida periodística con todo habría de ser efímera, pues dejó de publicarse en 1912.

LA TRANSICIÓN: DEL NACIONALISMO CROATA AL YUGOSLAVISMO

La actividad societaria en el interior de la inmigración croata en Punta Arenas en tanto, mostraba por aquellos años iniciales de la década de 1910 un renovado dinamismo.

De tal modo, en abril de 1911 había revivido la Hrvatska Čitaonica, por iniciativa del incansable Andrés Juričić, antiguo animador intelectual y cultural. Al año siguiente, el 27 de septiembre surgía el Hrvatski Športski Klub “Sokol”, inspirado en los objetivos deportivos, espirituales y principios del movimiento Sokol, común a los pueblos eslavos occidentales. De allí su pronta afiliación al Hrvatski Sokolski Savez (Unión del Sokol Croata) de Zagreb. En contemporaneidad con esa iniciativa tan loable como necesaria para la juventud croata, se registró un nuevo intento por dar vida al Dom, esta vez con el nombre de “Hrvatski Dom” (Hogar Croata), como entidad superior aglutinadora de las instituciones nacidas de la fecundidad societaria de la inmigración local, pero que tampoco entonces llegó a prosperar. Recién año y medio más tarde, el 14 de marzo de 1915, la voluntad común daría vigencia al sostenido anhelo del Hogar Croata. teniendo a Jorge Jordan como presidente fundador.

Así las cosas, la tensión que existía entre el estado balcánico cristiano serbio y montenegrino y el decadente imperio otomano, desembocó en un conflicto armado en noviembre de 1912, que duró hasta 1913, y que fue denominado como “guerras balcánicas”. La guerra consiguió despertar un vivo espíritu de solidaridad sud eslava en favor de los reinos de Serbia y Montenegro entre los croatas dispersos por el mundo.

Este sentimiento fraternal se expresó de partida en el ánimo de colaboración con la Cruz Roja Serbio-Montenegrina, con el propósito de contribuir a su humanitaria misión en el teatro de la guerra. Pero especialmente el conflicto sirvió para reavivar el adormilado vigor del movimiento nacional local, pues dándose por descontado –como en efecto ocurrió– una victoria cristiana sobre los turcos, se esperaba la emergencia de una Serbia fortalecida y prestigiada, que tanto pudiese asumir el movimiento de la esperada unificación yugoslava, cuanto contribuir a consolidar la situación de los eslavos del sur y el cambio de faz de los eslavos del imperio de los Habsburgo, según lo había manifestado Mateo Bencur en reunión de las entidades croatas realizada por aquellos días.

Pero la obstinación ciega del hegemonismo húngaro en Croacia, con la tolerancia del gobierno de Viena, proseguía por entonces con su política de presión, sin advertir que el tiempo para enmendarla se reducía angustiosamente.

Sin embargo, en Magallanes, todavía hasta los patriotas radicales parecían esperar el milagro a través de la desfalleciente idea federalista.

En una conferencia pública pronunciada el 5 de abril de 1914 por el inquieto intelectual que era Lucas Bonačić-Dorić, bajo el título de “La Cuestión Austro-Húngara”, expresaría un sentimiento que todavía era general:

“La monarquía Austro-Húngara, había afirmado, no es una nación de población compacta, sino un núcleo heterogéneo y centrífugo de muchas razas yuxtapuestas, cuyas tendencias de oposición han sido puestas bajo un sistema centralizador e imperialista, que no corresponde ni satisface sus principios nacionales. Por lo mismo Austria-Hungría está condenada a ser única y exclusivamente una confederación. El federalismo aseguraría todas las aspiraciones, satisfacería todos los derechos y contribuiría a la solución de todas los problemas de la cuestión austro-húngara.

En el federalismo hallaría también solución la cuestión croata, que tan hondamente perturba el funcionamiento regular del sistema reinante. Para los croatas, les sería indiferente que dentro del cuadro de la monarquía de los Habsburgos, se hallen dentro del trialismo o del federalismo; lo esencial es que lleguen hasta la unificación de la Patria Croata. El federalismo satisface todos los deseos y asegura eficazmente todos los derechos.

La política anti-eslava que hoy caracteriza el sistema del dualismo, cesaría como por encanto en el federalismo, en su política interior y exterior, porque habría desaparecido también su causa inmediata, es decir la preponderancia y la hegemonía de dos razas. Austria-Hungría dejaría de ser una nación avasalladora e imperialista, porque para ello hay que poseer la unidad de la conciencia nacional. Lo que es hoy posible en Alemania, es imposible en la monarquía habsburguesa.

El federalismo debería por consiguiente ser saludado como una combinación feliz y principio de grandes resultados, y que traería la pacificación y correspondería plenamente a las tendencias históricas y la democracia. Se habría resuelto un gran problema, el problema político y social de la Europa Central, haciéndose honor y justicia a la justicia”.

No obstante lo aseverado, Bonačić-Dorić advertía que al fin el federalismo sería una etapa, importantísima de suyo, mas no la meta. Por ello, creía indispensable precisar que, si se llegara en la Monarquía hasta la expresión completa de un federalismo, éste seria solamente un período de transición, en la ley de la evolución y la cristalización de las sociedades y de los pueblos. El principio democrático impone que la idea nacional alcance su mayor desarrollo, mientras que el proceso natural de las cosas vaya alcanzando la meta del perfeccionamiento humano.

“Austria-Hungría tarde o temprano está condenada a la desaparición. Esa tendencia que lleva a los pueblos hacia su unidad nacional con sus respectivas agrupaciones étnicas; elementos a que los liga el parentesco de la raza, tiene que ir cumpliéndose como la ley universal que gobierna el mundo, mientras haya organización social basada en el Estado.

Esto no es solamente una aspiración política; es una inclinación de la naturaleza, en oposición al principio de conquista y predominio. Y así, por inclinación de esta ley, los diversos grupos de la monarquía se unirán a los suyos. Los croatas, correspondiendo al llamado de esta ley, celebrarán su unidad nacional con los serbios, como celebran hoy su comunión del espíritu y la cultura, para formar la agrupación eslava meridional y los anhelos del renacimiento del abismo, y así veríamos resucitada la Yugoslavia que un siglo fuera la esperanza más viva de los ilirios. Este proceso se produce en los Balcanes, después de siglos de cautiverio”.

Pero los disparos homicidas de Sarajevo aventarían para siempre toda esperanza de reacción en Viena y Budapest, y conducirían, a muy poco andar, al nacionalismo croata local, como a toda la inmigración croata de Magallanes, hacia un abierto yugoslavismo.

Si la serie de acontecimientos que siguieron al atentado y que originarían la Gran Guerra, conmoverían a Europa y a la humanidad entera, cuanto más debieron influir en el sentimiento de la diáspora croata.

Hubo de ser aquel aciago período un tiempo de definiciones, pues el estallido del conflicto entre austriacos y serbios hubo de obligar a tomar partido por uno de los dos bandos, y en general a expresar simpatías por los imperios centrales o por la Entente. La abrumadora mayoría de los croatas desperdigados por el mundo, tanto en Magallanes, como en otras partes, hubo de ver entonces —desde su propia óptica— a la guerra que se iniciaba como un enfrentamiento entre el legitimismo austro-húngaro y el nacionalismo entre los pueblos eslavos.

Pero la definición en el caso de los croatas magallánicos no fue por cierto inmediata, ya que entre el 28 de junio de 1914, fecha del atentado que costara la vida al heredero del trono imperial de Austria-Hungría, y la proclamación pública de su adhesión a la causa serbia, debió mediar un lapso de indecisión a modo de espera sobre el desarrollo de los acontecimientos europeos.

Tienen explicación de esa manera las palabras de Bencur, presidente del Hrvatski Dom y Hrvatski Savez, pronunciadas durante el curso de una importante reunión realizada el 27 de agosto de 1914, a la que concurrieron todos los dirigentes de las instituciones croatas, y que fuera convocada por la Sociedad Croata de Beneficencia para considerar la creación de un comité de apoyo humanitario a los combatientes serbios y montenegrinos.

El prudente Bencur aconsejó entonces moderación, en espera del curso de los sucesos en el Viejo Mundo, recordando que por Austria-Hungría habrían de luchar obligadamente muchos croatas, a los que por cierto no podía considerárselos como enemigos. Pero sus palabras fueron entonces replicadas con vehemencia por Miroslav Tartaglia, quien de esa manera interpretó a la mayoría de los concurrentes. En verdad no había de resultar fácil en aquellos días moderar el entusiasmo de cuantos propugnaban la fraternidad entre los pueblos eslavos del sur y que con su verbo inflamado lograban tocar la fibra más recóndita del corazón croata.

Así nació el Odbor Srpskog-Crnogorskog Crvenog Križa i Siročadi u Domovini (Comité de la Cruz Roja Serbio-Montenegrina y Huérfanos de la Patria), primera organización surgida del seno de la inmigración croata de Punta Arenas, con carácter de fruto inicial del yugoslavismo militante.

Es necesario consignar también que el bando legitimista, agrupado en la Sociedad Austriaca, había adoptado con anticipación (6 de agosto de 1914) la determinación de abrir una suscripción voluntaria entre los asociados, en favor de la Cruz Roja Austro-Húngara. Fue entonces manifiesta la separación de las simpatías hacia los beligerantes entre hermanos de la misma nación croata. Con ello sólo pudo ahondarse la divergencia, ya irreconciliable, entre los bandos croatas de Magallanes. Sin embargo, a la larga, tal actitud habría de ocasionar el retiro voluntario, o incluso la expulsión de algunos socios, por razón de su íntima disconformidad con el estado de cosas internas en dicha entidad mutual. Asi mismo, las mujeres de la colectiviadad se organizaron el 27 de diciembre de 1914 para formar un comité femenino al que denominaron Gospojinsko Društvo “Hrvatska žena” (Sociedad de Damas “La Mujer Croata”), que tenía como mayor propósito la preservación del idioma croata entre los miembros de la colectividad y los hijos de los inmigrantes.

LA ECLOSIÓN DEL YUGOSLAVISMO

Las semanas que siguieron fueron de expectación para todos, pues se aguardaba conocer la actitud de los dirigentes nacionales en Croacia y Dalmacia, y la orientación que por consecuencia habría de darse al movimiento croata. Así se supo de la emigración de los respetados líderes Frano Supilo, Ante Trumbić y otros más, y sobre su actuación ulterior referida a la concertación de un planteamiento político común para toda la emigración sud eslava repartida por el mundo, especialmente para los croatas. Tal planteamiento resumía el propósito fundamental de conseguir la separación de las tierras y pueblos de origen croata, y su integración en un nuevo estado conjuntamente con serbios, montenegrinos y eslovenos. Para luchar por tal trascendente objetivo se organizó en Paris el Comité Yugoslavo, en el que se incorporaron dirigentes croatas y eslovenos, y representantes de la minoría serbia que habitaba en Croacia. Su primera actividad, por consecuencia, hubo de ser la de propaganda en los centros de principal nucleamiento de la diáspora migratoria, Norteamérica y la América del Sur.

El año 1915 fue, como cabía esperarlo, un período de intensa propaganda yugoslavista entre los inmigrantes de Punta Arenas, los que, si falta hacía, recibían una fuerte influencia de los grupos de Antofagasta y Valparaíso. Sus principales portavoces, Miroslav Tartaglia, Slavko Brnčić y Pedro Gašić realizaban una intensa y constante labor de difusión y convencimiento mediante charlas y conferencias. A fines de ese año, los yugoslavistas más fervorosos (Jordan, Bonačić-Dorić, Antonio Jovanović y Pedro Marangunić, entre otros) consiguieron la creación del Comité “Dalmacia” de la Defensa Nacional Yugoslava (Jugoslavenska Narodna Obrana Ogranak “Dalmacija”). Una de sus primeras actividades fue la de nominar a los delegados al Congreso Yugoslavo de Sudamérica, convocado por la dirigencia croata de Antofagasta, y que habría de realizarse en el próximo enero de 1916. Fueron elegidos para llevar la representación de Magallanes, Jorge Jordan, presidente provisional del Comité, y el periodista Lucas Bonačić-Dorić.

El Congreso de Antofagasta (21-24 de enero de 1916), como cabía esperarlo habría de tener una influencia decisiva en la evolución del movimiento yugoslavista sudamericano y mundial, al concitar la adhesión de la mayoría de la inmigración croata a la idea de la unidad yugoslava en la post-guerra. Bajo la inspiración de sus acuerdos se fortaleció la actividad de propaganda patriótica y apoyo solidario del Comité “Dalmacia”, que a contar de mayo pasó a ser presidido por el respetado Mateo Bencur. La labor de difusión entre otros núcleos de inmigrantes desperdigados en el territorio austral, significó a poco andar la creación de filiales o sub-comités en Puerto Santa Cruz y San Julián (Patagonia argentina) y en Porvenir (Tierra del Fuego). Otra consecuencia de esta renovada actividad fue la transformación, una vez más, del periódico “Domovina”, en vocero oficial del Comité “Dalmacia”, ahora bajo la denominación de Jugoslavenska Domovina (La Patria Yugoslava).

Los legitimistas entre tanto daban localmente el deplorable espectáculo, para los nacionalistas, de colaborar con el enemigo austriaco germano. De ese modo se les veía contribuir con erogaciones para la Cruz Roja Austro-Alemana, o participar en kermesses y bazares para reunir fondos destinados a la misma; o suscribirse a sus organizaciones (Sociedad y Centro austriacos) a periódicos comprometidos con la causa de los imperios centrales. Así era natural que se produjeran, como en verdad ocurrió, continuas deserciones en sus filas; y que la odiosidad entre los bandos condujera a un suceso lamentable, como fuera el atentado en contra de Juan Lica, que le produjera la muerte (1917), y que se atribuyó a elementos exaltados del legitimismo.

Cuando concluía aquel año de 1916, el Comité “Dalmacia” de la Defensa Nacional Yugoslava convocó a una reunión general que tuvo ocurrencia el 30 de diciembre, con el exclusivo objeto de protestar por la coronación de Carlos de Habsburgo, sucesor de Francisco José, como rey húngaro y croata, acto que precisamente sucedía en la misma fecha en Budapest.

En el discurso más importante de la asamblea, a cargo de Bencur, éste hizo énfasis en que los soberanos de Croacia sólo podían ser reyes pertenecientes a la dinastía serbia de los Karađorđević, coronados en Zagreb. Como conclusión de la reunión contestataria, la asamblea acordó desconocer al monarca Habsburgo y proclamó su fidelidad a Pedro Karađorđević, soberano de Serbia, a quien se tenía por futuro rey de todos los eslavos del sur. Transcurrieron los meses y entre tanto la situación parecía irse desmejorando en general para los beligerantes imperios Alemán y Austro-Húngaro, no obstante el derrumbe del frente ruso a comienzos de 1917. En tales circunstancias y cuando el mundo conoció las razones por las cuales Estados Unidos había decidido entrar a la guerra por el lado de los países de la Entente, una de las cuales estaba en el reconocimiento a las autodeterminaciones nacionales una vez que llegara la paz, los diputados croatas, eslovenos y serbios que representaban a sus respectivas regiones en el Parlamento de Viena, reclamaron del gobierno imperial la constitución de un estado que agrupara las nacionalidades eslavas meridionales, aunque comprendido en los términos políticos del imperio de los Habsburgo (Declaración de Mayo).

Semejante aspiración, una vez que se hizo pública, sirvió para vencer la resistencia de Serbia a la idea yugoslava y la llevó a dar su reconocimiento al Comité Yugoslavo, establecido en Londres. Realizadas las negociaciones de rigor y establecidas las concordancias políticas, Ante Trumbić, por el Comité, y Nikola Pašić, primer ministro de Serbia, suscribieron el 2 de julio de 1917 la denominada “Declaración de Corfú”, por la isla griega donde tuvo lugar el encuentro de ambos líderes, que habría de sentar la base político-juridica sobre la que se fundamentaria el futuro estado nacional de los Serbios, Croatas y Eslovenos. La Declaración fue «el primer paso hacia la construcción del nuevo Estado de Yugoslavia», que habría de llamarse «Reino de los serbios, croatas y eslovenos», y preveía el establecimiento de una monarquía parlamentaria basada en la dinastía Karađorđević,un territorio indivisible y poder unificado, con las tres denominaciones nacionales y los alfabetos latino y cirílico iguales ante la ley, libertad religiosa y sufragio universal. La Declaración afirmaba que serbios, croatas y eslovenos formaban una única nación, que deseaba su unificación de acuerdo al derecho de autodeterminación. Las banderas de cada comunidad tendrían igualdad con la de la nación. Se declaraba la necesidad de convocar una Asamblea Constituyente, para establecer una Constitución que sería el origen de todos los poderes del nuevo Estado. La aprobación de la constitución debía hacerse por mayoría cualificada y ser aprobada por el rey de Serbia y la asamblea. «Este Estado será una garantía de independencia nacional y de su civilización y progreso nacional, y una poderosa defensa contra la presión de los alemanes», concluía la Declaración. La forma del Estado, centralista o federal, quedaba sin definir claramente, y la interpretación de ciertos pasajes de la declaración fue contradictoria. La declaración fue un acuerdo con concesiones mutuas entre los partidarios de un Estado federal y aquellos que abogaban por uno centralista, A pesar de incluir únicamente los asuntos en los que las dos partes habían logrado ponerse de acuerdo, el pacto mostró intención de cooperación y fue celebrado internacionalmente por los partidarios de la unión de los eslavos del sur.

Antes todavía de dicho acontecimiento, pero ya en el espíritu que materializaría el acuerdo Trumbić-Pašić, las federaciones sokolistas de América del Norte y Sudamérica habían conseguido de la abrumadora mayoría de sus entidades integrantes, la suscripción de sendas declaraciones de apoyo en favor de la liberación de los pueblos eslavos del Sur y su ulterior unificación en un estado nacional soberano. La declaración correspondiente a Sudamérica, fue firmada simultáneamente por los Sokoles de Punta Arenas y Antofagasta el día 5 de julio.

Al calor del entusiasmo que despertaría el propósito de la unión de los pueblos eslavos del sur, comenzó a producirse la franca definición por parte de los nacionalistas croatas de Magallanes en favor del yugoslavismo, y la vigorización de este movimiento. De ese modo, el 21 de Septiembre de 1917 la Gospojinsko Društvo “Hrvatska žena” (Sociedad de Damas “La Mujer Croata”), habría de transformarse en el Odbor Jugoslavenske Narodne Obrane “Katarina Zrinska” (Comité de la Defensa Nacional Yugoslava “Katarina Zrinska”). De igual forma, el incansable Petar Gašić había fundado el año 1917 la Jugoslavenska Škola (Escuela Yugoslava), en cuya denominación ha de verse una muestra más de la inquebrantable posición unionista sud-eslava.

Eran ésas, jornadas de triunfo para el yugoslavismo, que muchos de los croatas de la diaspora habían convertido en su razón suprema de lucha para la concreción de las más acariciadas ideas de renacimiento nacional.

Los acontecimientos que siguieron durante el resto del año 1917 y en 1918 son por demás conocidos: el derrumbe estrepitoso del imperio austro-húngaro, más que las insuperables contradicciones internas que por la fuerza de las armas aliadas, circunstancia histórica que, en lo que concernía a los eslavos del Sur, condujo el 29 de septiembre de 1918 a la proclamación en Zagreb (la capital croata), del Estado Yugoslavo, cuyo Consejo Nacional de Gobierno acordaría dos meses después la unión con Serbia en Belgrado, proclamándose oficialmente el día 19 de diciembre la institución del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, conocido posteriormente como reino de Yugoslavia.

CONSECUENCIAS REGIONALES

Teniendo en consideración el objeto de este estudio, no corresponde hacer referencia a las circunstancias en que se produjo históricamente la integración de los pueblos eslavos del sur y sus consecuencias hasta nuestros días. Si, en cambio, procede exponer y analizar, siquiera de modo somero, las consecuencias que regionalmente derivarían de la unión eslava meridional.

Desde luego, en lo humano, y salvo situaciones personales de carácter excepcional en que la malquerencia persistiría, las manos hermanas se tendieron generosas para la reconciliación, con pronto olvido de antiguas diferencias. Únicamente se mantendría hasta el presente la separación de las instituciones mutuales, por razón de porfiada independencia en el caso de la Sociedad Dálmata, denominación que adoptó la antigua austriaca en 1919.

Pero, cosa singular, la aceptación ardorosa que de la idea yugoslavista se hiciera por parte de los inmigrantes croatas de Magallanes, condujo después de 1918 a una adhesión ciega al nuevo gentilicio nacional, como referencia de procedencia, con abandono total de aquel del propio origen. De tal a apera, los inmigrantes de Magallanes pasaron a ser, para si y para los extraños, no más croatas o dálmatas, sino simplemente “yugoslavos”. Se ha dado de ese modo un caso rarísimo, pues en la propia Dalmacia de la que eran originarios prácticamente la totalidad de los inmigrantes arribados al Sur de Chile, la población desde 1918 hasta el presente ha seguido sintiéndose e identificándose como croata.

Procurando encontrar una explicación para tan extraña metamorfosis, que hubo de conllevar una renuncia a su identidad nacional croata difícil de entender, sólo atinamos a conjeturar que ello pudo arrancar del sentido peyorativo con que los inmigrantes tomaron la denominación “austriacos”, con que por muchos años se les identificara.

En efecto, el rechazo que íntimamente expresaron los inmigrantes por tal calificación, que recién llegaron a conocer cuando se radicaron en América, pues en sus tierras natales eran sola y sencillamente croatas, aunque politicamente fueran súbditos de Austria, se expresó después públicamente. El adjetivo gentilicio “austríaco”, de tal manera, pudo ser tomado —y en el hecho ciertamente lo fue— como una identificación ofensiva y rebajante para su condición racial eslava. De allí que el triunfo del yugoslavismo y la consiguiente creación del estado nacional yugoslavo, les entregaron a los inmigrantes croatas la oportunidad feliz para sacudirse de una vez y para siempre aquel odioso y molesto calificativo. Y así pasaron a ser simplemente yugoslavos.

Pero más allá de la metamorfosis gentilicia, los antiguos fervientes nacionalistas croatas se fueron desentendiendo de las ingratas y conflictivas situaciones que se fueron dando en toda Croacia, una vez que Serbia, olvidando el compromiso histórico de Corfú, buscó imponer su hegemonía política sobre aquélla y otras naciones sud eslavas incluidas en el nuevo reino.

Esta prescindencia o indiferencia, explicable tal vez en el caso de los hijos chilenos, para quienes aquellos sucesos podían aparecer como extraños, podria entenderse en los viejos inmigrantes como consecuencia de la tenaz prédica porfiadamente yugoslavista que habrían de mantener entre las dos guerras mundiales hombres como Lucas Bonačić-Dorić, Mateo Domić y Pedro Marangunić, por señalar sólo a los principales voceros. Ellos, con tenacidad, a través de charlas, conferencias, artículos de prensa y en la fecunda vida societaria, acabaron por imponer la denominación “yugoslava” como identificatoria para el apreciable contingente originalmente croata radicado en el Sur de Chile.

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