Los inmigrantes en Magallanes (Chile) y la cuestión croata (1919-1939)

Por Mateo Martinić Beroš, Punta Arenas, Chile

Al concluir el año 1918, los inmigrantes croatas de Magallanes y en particular quienes ejercían el liderazgo intelectual sobre la comunidad, tenían motivos sobrados para sentirse satisfechos. La conclusión del sangriento conflicto bélico europeo había acarreado el fin del principal obstáculo histórico del nacionalismo croata, la monarquía de los Habsburgo, y con ello el desmoronamiento del imperio Austro-Húngaro, que por siglos había sojuzgado a los pueblos eslavos del centro y del sur de Europa. Luego, la proclamación de la efímera restauración del antiguo estado nacional (29 de octubre) y por fin la unión con Serbia, que hizo posible el surgimiento del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, cara aspiración original del ilirismo romántico (19 de diciembre).

La satisfacción era justificada, por cierto, pues durante dos décadas los inmigrantes arribados a la Patagonia chilena se habían esforzado hasta conseguir regionalmente la afirmación del hondo sentimiento de individulidad nacional, contribuyendo además, como tantos otros grupos de la diáspora croata, a la lucha por la liberación de los pueblos sojuzgados y por la unificación política de los territorios dominados por Austria-Hungría. Todo permitía suponer entonces que la comunidad formada por los inmigrantes, o, a lo menos sus conductores intelectuales que tan destacado papel habían cumplido en el reciente pasado en la formación y orientación de la opinión mayoritaria, pasarían a seguir con no menor interés y preocupación los sucesos que habrían de darse en el nuevo estado multinacional en el que —es menester destacarlo— habrían de verse realizados en su totalidad los viejos ideales y aspiraciones croatas sobre la base del cumplimiento honorable de lo pactado en Corfú en 1917.

Sin embargo, nada de ello ocurrió. Por el contrario, un progresivo sopor cognoscitivo respecto de los acontecimientos que habrían de sobrevenir en la antigua patria, o, si se prefiere, un indiferentismo cómplice, haría que pasaran ignorados virtualmente, si no desfigurados, sucesos trascendentes que agitarían a la Croacia de la postguerra y que tendrían su origen en el desconocimiento factual del solemne compromiso mencionado, en cuanto decía con el status de igualdad de los croatas en el nuevo estado —cláusula esencial— y que pasaría a ser genéricamente conocido como la “Cuestión Croata”.

Este artículo busca explicar el por qué de semejante sinrazón, como fuera la del olvido de la vieja causa por parte del liderazgo croata magallánico, y la consiguiente indiferencia de la gran masa inmigrante. En primer término está el hecho determinante de ser el nuevo estado yugoslavo la continuación virtual del Reino de Serbia, que había estado en el bando de los vencedores de la Gran Guerra Europea, sin olvidar que ante el mundo el mismo había aparecido como la primera víctima del atropello que daría origen al conflicto. Las simpatías internacionales, partiendo por aquéllas de los países que habían integrado el pacto de la Entente, estaban pues por el nuevo estado cuya personificación exclusiva para el exterior estaba dada por la dinastía Karađorđević y los políticos serbios. Estas simpatías pudieron llevar a ignorar o a subvalorar los acontecimientos derivados de la acomodación inicial de las distintas nacionalidades en el seno del nuevo estado (máxime sí, como en el caso de los croatas, éstos habían estado forzados a combatir por las potencias centrales); y aun a excusar con indulgencia las acciones de progresivo ordenamiento desarrolladas por el gobierno real de Belgrado, que pasaron a entenderse como legítimas y de su exclusiva incumbencia. Esto hubo de significar que la resistencia croata a las medidas discriminatorias y hegemónicas granserbias de Belgrado, que se hizo sentir ya durante 1919, fuera tratada con sordina por las agencias internacionales de noticias y, por consecuencia, llegaran retaceadas y desleídas a los distintos diarios locales, única fuente de información popular de la época. Así, en Chile —en Magallanes en especial— no se supo en profundidad sobre la emergencia del partido Campesino Croata, cuyo carismático líder Stjepan Radić, enarbolaba la bandera de los derechos históricos y de las aspiraciones justicieras de su pueblo, atropellados por el granserbismo en acción. Radić proponía la creación de una confederación de los eslavos del sur, donde gobernaran los tres pueblos: el rey de Serbia, el ban croata y el presidente del consejo nacional esloveno. Esta propuesta fue sin embargo rechazada por el consejo del reino de los serbios, croatas y eslovenos, y tachada como idea separatista. Los ministros serbios decidieron que si los croatas insistían en la creación de una república independiente, entonces el ejército serbio tomaría el control de los territorios de Croacia habitados por la minoría serbia. Después de tanto debate, el Consejo Nacional aprovó la unifiación de los territorios habitados por eslovenos, croatas y serbios, al reino de Serbia.

Menos todavía se supo sobre la declaración del 2 de febrero de 1919 producida en una asamblea nacional partidaria, por la que se proclamó el derecho a la creación de una futura república de Croacia y la consiguiente incorporación de esta aspiración en la plataforma política del movimiento. Tampoco se supo sobre el desconocimiento que se hiciera de la legitimidad dinástica de los Karađorđević, lo que llevó a Radić a la cárcel. Estos acontecimientos y otros sucesos sobrevinientes internos con los que culminaría una agitada década fueron desconocidos o simplemente ignorados por la gran masa de los inmigrantes croatas en el mundo.

En segundo lugar, ha de consignarse la habilidad con que se manejó desde un comienzo la diplomacia del nuevo estado yugoslavo, al conseguir la afirmación de la adhesión de personalidades de la inmigración mediante homenajes publicitados y la distribución generosa de distinciones. Los casos abundan y para el chileno es suficientemente ejemplarizador el de Pascual Baburizza, riquísimo inmigrante croata que recibiera especial reconocimiento del gobierno real por su contribución a la causa yugoslavista durante el periodo de la Gran Guerra. En el caso de Magallanes tuvo lugar la designación de Cónsul del gobierno de Belgrado, amén de ulteriores honores, en la persona de Vicente Kusanović, acaudalado empresario ganadero. A su tiempo, en 1920, Jorge Jordan y el doctor Mateo Bencur, principales dirigentes del nacionalismo croata local que posteriormente seria convertido en yugoslavismo puro, recibieron la condecoración de San Sava, que les hiciera llegar el Príncipe Regente Alejandro. Estos personajes, así doblemente comprometidos, contribuyeron de variada manera a difundir una imagen apropiada y conveniente de un nuevo estado democrático y justo, que buscaba la felicidad de sus pueblos bajo la conducción de su soberano Karađorđević. Pedro I, cuya figura merced a la propaganda había adquirido ribetes de heroicidad legendaria.

En tercer término y en grado de especial importancia estuvo la sensibilizadora cuestión de las pretensiones italianas sobre las tierras croatas de Istria y Dalmacia, asunto que tocó hondamente en el sentimiento patriótico de los inmigrantes. Esta cuestión fue asimismo manejada con habilidad por los agentes del gobierno real, consiguiéndose concentrar la preocupación externa sobre ese aspecto, con olvido de otros que agitaban a la nación croata dentro de los limites del nuevo estado yugoslavo. Así el absurdo irredentismo italiano favoreció sin quererlo, a lo menos en el exterior, el proceso consolidador del granserbismo de Belgrado. En efecto, la delicada situación que pasó a vivirse entre Italia y el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos a raíz de las pretensiones expansionistas de aquella sobre históricas tierras croatas y eslovenas, tanto sirvió al gobierno real internamente, como y más todavía le aprovechó externamente para concitar el apoyo patriótico de los súbditos y de la inmigración en favor de su justa postura de defensa territorial. Es en este contexto que debe entenderse la organización de la entidad “Jugoslavenska Matica i Jadranska Straža” (Madre Patria Yugoslava y Guardia del Adriático) nacida al promediar los años 20.

Tan oportuna circunstancia sirvió para ocultar otros sucesos de signo no menos ominoso para la convivencia interna que se daban en el seno del nuevo estado. Tal es la proclamación de la Constitución del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (1923), de cuyo articulado habían quedado excluidos toda disposición de carácter federalista y otros principios que debían garantizar el autogobierno y la igualdad entre las nacionalidades, según lo acordado en Corfú; y la creciente oposición de croatas y eslovenos, principalmente, al indisimulado hegemonismo serbio, que llevó a un elevado grado de inestabilidad y aún de ingobernabilidad a la precaria mancomunidad plurinacional.

Pero más allá de estas razones que pueden estimarse como circunstanciales, es preciso considerar otra, de evidente mayor fuerza: un yugoslavismo integral de la dirigencia croata de Punta Arenas, en todo semejante al profesado por la del resto de Chile y aún de otros países. Ello explicaría para la posteridad el fervor casi fanático con que se asumió la nueva identidad nacional (multinacional) yugoslava.

Para procurar entenderlo, es preciso tener presente una situación histórica que hubo de afectar originalmente el sentimiento de unidad nacional de los croatas en Dalmacia. Esta antigua provincia, cuna del estado medieval croata y sede de sus gobernantes, se vio separada de las otras componentes del viejo reino (Croacia propiamente dicha, Eslavonia y Bosnia) por causa de los avatares que se sucedieron en los Balcanes y centro-sur de Europa durante los siglos XII al XVIII. De tal manera, setecientos años después de la extinción de la dinastía real nacional, las tierras de Dalmacia pasaban del poder secular de Venecia al transitorio de la Francia napoleónica y luego del imperio austríaco, en tanto que las antiguas tierras de Croacia y Eslavonia permanecían bajo el dominio húngaro, y Bosnia sufría aún el dominio otomano. Los croatas de Dalmacia pudieron así perder o sentir disminuida su antigua nacionalidad croata, y pasaron a sentirse únicamente dálmatas. La hábil política del gobierno real de Viena se empeñó durante el largo siglo de dominio austríaco en mantener y profundizar esa división histórica, no sin provocar como reacción el surgimiento del viejo nacionalismo bajo la forma romántica del ilirismo, primero, y del nacionalismo croata después.

Así las cosas, qué podía extrañar al fin que la gran masa de los inmigrantes, cuyos miembros habían nacido bajo tales circunstancias históricas, se sintiera poco o nada vinculada con los croatas continentales que vivían bajo la férula húngara pugnando por recuperar su autonomía. En la nueva realidad política de 1918 pues, hubo de parecer más lógico que se asumiera, por algunos conscientemente y por muchos de manera inconsciente, la recién creada identidad nacional yugoslava. Es en este contexto de consideraciones que se procura encontrar explicación para la contradictoria actitud que asumieron después de 1918 los líderes croatas de Magallanes, en particular de quienes como conductores intelectuales habían expresado con claridad su pensamiento a través de escritos y discursos. Uno de éstos, Lucas Bonačić-Dorić, pensador y escritor infatigable, que en 1914 había defendido como posible el régimen federal para la nación croata en el seno de un núcleo heterogéneo como era el imperio austro-húngaro, mantuvo un incomprensible silencio durante los años en que el legítimo autonomismo croata propugnaba el federalismo como alternativa viable y constructiva de convivencia entre pueblos de común raíz étnica, y de mantenimiento de la unidad pactada sobre bases de justicia, equidad y democracia.

Nada en efecto hemos podido registrar en cuidadoso rastreo en los diarios de buena parte de los años 20. Sorprende en verdad comprobar cómo mentes y plumas tan activas y prolíficas otrora en la defensa del nacionalismo croata avasallado por el poder austro-húngaro, se mantuvieron quietas ante las nuevas circunstancias políticas internas del estado yugoslavo, que configuraban una nueva y más amarga forma de opresión para la patria croata. Más que silencio de estupor, aquella quietud tenía sesgos de complicidad. Podría conjeturarse ante lo que ocurría entre croatas y serbios, que si el liderazgo intelectual de la diáspora croata hubiese reaccionado con firmeza ante el gobierno real de Belgrado, tal vez las circunstancias se habrían dado en distinta forma de lo que históricamente se ha conocido. Ese prolongado silencio de la conducción intelectual croata de Punta Arenas, recién vino a romperse en 1928. No podía ser de otro modo, dados los dolorosos acontecimientos que culminaron el 8 de agosto con la muerte del gran líder Stjepan Radić, a consecuencia de las heridas sufridas en el atentado en su contra, producido en la Dieta (Parlamento) de Belgrado el aciago 20 de junio, circunstancia trágica que agravó la crisis politica llevándola a un punto de no retorno. El 10 de agosto de ese año el prestigiado diario “El Magallanes”, propiedad de los hermanos Pedro y Mateo Hrdalo, publicaba un artículo sin firma en homenaje a Radić, en el que en parte se expresaba:

“La muerte del Jefe del partido de los campesinos croatas, Stjepan Radić, pondrá sobre el tapete de las cuestiones de más o menos trascendencia internacional que apasionan al mundo, nuevamente de actualidad la tragedia del Parlamento Yugoslavo, de la cual viene a ser una de las víctimas. No es de extrañar que las cuestiones que motivaron la ostensible oposición entre croatas y serbios en el parlamento de Belgrado fueran motivo por parte de los primeros de una tenacidad e insistencia tales, que en muchos casos llegaran al punto de provocar situaciones de violencia. La causa que ellos defendían era de tal vitalidad para el mantenimiento de la unidad propia de la región, que a partir de la terminación de la guerra vino a incorporarse a un reino antes menguado, como el de Serbia, y a robustecer de manera considerable su nacionalidad, que forzosamente debían provocar en el parlamento del nuevo reino situaciones críticas puesto que de no insistir en el reconocimiento de su valor como región que asumía todos los caracteres de una verdadera nacionalidad habrían contribuido a prolongar un estado de cosas que colocaba a los croatas en una situación inferior a la que tuvieron que soportar, y contra la cual lucharon con un tesón admirable durante la dominación de Hungría.

El abanderado, el líder de ese movimiento que puede con toda propiedad llamarse de reivindicación era el señor Stjepan Radić, persona que unía a su vastísima ilustración las cualidades de un político cuya actitud en el escenario de los acontecimientos lo hacía aparecer antes que como político, como a un verdadero apóstol. Porque Radić personificaba a los croatas que, si bien se proclamaban hermanos de los serbios cuando se encontraban bajo la dominación de Hungría y eran entonces los partidarios más decididos de la unión de todos los pueblos yugoslavos (eslavos del sur), eran y son adversarios del gobierno de Belgrado y de los serbios en general, desde que fue realizado su ideal, su unión política con sus hermanos de raza. Es que los croatas poseían cierta autonomía bajo la dominación húngara, aunque sostenían que el gobierno de Budapest no respetaba suficientemente sus derechos, y desde que se organizó el nuevo centro se empeñaban los gobernantes de Belgrado en establecer un régimen centralizado. Los croatas se resistían, por otra parte, a su incorporación lisa y llana a Hungría, un país más adelantado que los serbios, quienes hasta hace poco más de medio siglo eran vasallos del sultán de Turquía”.

Lo transcrito conforma una síntesis cabal ajustada al sentido nacional, a la historia y a la realidad política que a la sazón vivía el pueblo croata. Ello lleva a pensar que si en la redacción del artículo no intervino una mano auténticamente croata, hubo cuando menos una inspiración iluminadora que hizo posible ilustrar a los lectores de ese origen sobre la verdad de lo que venía aconteciendo en el interior del estado yugoslavo.

El 14 de diciembre de 1928 se enteraba el primer decenio del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, de tan agitada vida. Fue en tal oportunidad que Lucas Bonačić-Dorić abandonó su silencio, para referirse a la efemérides. Lo hizo en un extenso artículo, que inició recordando que la unión yugoslava había tenido principio en la Asamblea Nacional y en el Sabor Croata. Luego de evocar aspectos de la patriótica lucha anterior a 1918, Bonačić-Dorić pasaba a ocuparse del punto más candente, como era la divergencia entre croatas y serbios, y lo hacía poniéndose claramente del lado croata:

“Hoy el pueblo yugoslavo atraviesa por una aguda crisis interna, por sus trascendentales consecuencias, cuyo estandarte se halla precisamente: por los que más contribuyeron contra la tiranía que contra ellos se había ensañado, los croatas y los eslovenos de la fenecida monarquía dual; la parte occidental del pueblo yugoslavo, encabezada por Zagreb, centro intelectual y moral de las actividades literarias, artísticas y culturales de los pueblos eslavos del sur, que aboga por la reforma constitucional, en la descentralización legislativa y administrativa y sostiene una razonable política en la conducción de las relaciones internacionales, en contra de la absorbente y centralizadora hegemonía serbia (subrayado por el autor).

El pueblo y la prensa croata, con una unanimidad jamás vista, exenta de todo particularismo a interés egoísta y en favor de la comunidad patriótica, sostiene esta campaña de salvación pública; llegando hasta retirar a sus representantes ante la Skupština (Parlamento de Belgrado), hasta que no se llegue a la coordinación de los intereses nacionales, en cuyo fragor de las pasiones, pues no hay lucha sin pasión, tuvimos que lamentar los acontecimientos del 20 de Junio en el Parlamento Yugoslavo, donde se sostenía una nutrida campaña opositora en pro de la reforma constitucional y una política defensiva internacional en defensa de las costas yugoslavas y la frontera occidental y en contra de penetraciones extrañas, mediante tratados internacionales privilegiados. La política sostenida por los croatas contra el centralismo oriental serbio (subrayado por el autor), es tradicional y clásica en la vida histórica de los croatas.

(…) La lucha, empeñada, si conmueve y halaga nuestros sentimientos, no nos alarma, porque la misma es saludable y se asomaba desde los primeros días de la restauración de la independencia. Un pueblo que durante siglos ha sido tiranizado y que gemía bajo el más negro despotismo, tenía necesariamente que extraviarse parcialmente en sus sentimientos nacionales, subyugado como se hallaba bajo tantas administraciones, sostenido únicamente por la añoranza en la libertad”.

Luego de tan expresiva defensa, el articulista buscaba explicar la causa de tan seria disconformidad y justificada resistencia, y lo hacía estimando que las bases constitucionales del nuevo estado eran frágiles y deleznables, elaboradas al calor del entusiasmo y la sorpresa de la libertad, cuyos fulgores habían confundido a los administradores y legisladores. Es esta una curiosa explicación por parte de quien, líneas atrás, reconocía paladinamente la existencia de una hegemonía serbia absorbente y centralizadora, y del centralismo oriental, únicos responsables en verdad del estado de cosas que tanto se lamentaba.

Tras nuevas disquisiciones sobre la imperfección de la organización constitucional yugoslava y sobre la acción política consecuente, discurría Bonačić-Dorić esperanzado en la reacción del alma nacional que concentrada y reflejada en sí misma busca el concordante equilibrio de sus instituciones políticas, para concluir:

“El lento y edificante proceso que se está verificando en el seno de los pueblos yugoslavos, será de saludables efectos; proceso por el que han pasado otras nacionalidades, en el que tanto croatas, como serbios y eslovenos no han podido hacer excepción a la fatalidad de la regla”.

Sería, con todas las reservas que nos merece parte del contenido, una defensa final y efímera del autonomismo croata, cual una concesión a sus antiguos postulados, porque dos años después —golpe de estado del Rey Alejandro de por medio—, Bonačić-Dorić se rendiría definitivamente al integralismo yugoslavo. En efecto, así escribió el 19 de diciembre de 1930, en un artículo laudatorio que justificaba el proceder real:

“En un lapso de tiempo relativamente corto en la vida de las naciones, los yugoslavos han alcanzado el más alto exponente de perfectibilidad en su constitución nacional. Este sentimiento profundamente arraigado en las costumbres y fusionado en el alma eslava, fue consagrado y sancionado por el Rey Alejandro, príncipe de dinastía nacional, quien abrogándose poderes excepcionales, aconsejado por el espíritu de los tiempos y los movimientos sociales disolventes del continente europeo, proclamó la unidad nacional, bajo la denominación de Reino de Yugoslavia. Con este sabio gesto de rey y soberano, fueron abolidos todos los nombres regionalistas, idea acariciada por los grandes pensadores o idealistas yugoslavos de todos los siglos. Fue un sueño hecho realidad, en que la nacionalidad tornó a la fuente de sus primeros orígenes.

Con este acto patriótico quedaron anuladas todas las mezquindades y parcialismos provincialistas (subrayado por el autor), sublimizándose el nombre yugoslavo, fuente originaria de la nacionalidad, principio que fuera corrompido por tiranías seculares y por dominaciones extrañas bajo cuyo yugo el cuerpo nacional se hallaba fragmentado y humillado en sus sentimientos. Bajo el régimen de la desnacionalización y la descentralización de los Habsburgos —para no hablar más que de la época moderna— los yugoslavos se hallaban divididos en siete u ocho administraciones distintas, con el fin de mantener la división y fomentar el distanciamiento entre los eslavos del sur”.

Duele, ciertamente, leer de quien antaño defendiera con calor y elocuencia el particularismo nacional croata y el derecho inalineable a su auto-gobierno, la novedosa y peyorativa descripción de tan cato concepto, ahora “mezquino y parcial provincialismo”. Y ello apenas a dos años de haberse pronunciado abiertamente contra el centralismo oriental y la absorbente y centralizadora hegemonía serbia. Curiosa, amén de contradictoria la actitud de este intelectual que, como otros contemporáneos, parecía haber sacrificado en el altar del yugoslavismo el milenario anhelo de autoafirmación nacional de su patria croata.

Otro articulista de aquellos días, Vicente Palarić, calificaría a su turno el afán autonomista croata como propio de políticos envenenados en desenfrenado capricho de mantener el antagonismo entre los serbios, croatas y eslovenos, apreciando como prudentes y atinadas las medidas puestas en práctica por el inteligente y patriota rey Alejandro para dar fin al caos interno.

En medio de ese confusionismo yugoslavista deliberadamente creado, se iban abandonando lentamente las antiguas y queridas conmemoraciones con las que la inmigración croata magallánica se había preciado de expresar su patriotismo, para celebrar las más recientes de ajeno origen, según instrucciones de los agentes del gobierno real.

A estas alturas del tiempo interesa conocer cuál era el pensamiento, si lo había en verdad, sobre tan trascendente materia en el seno de la comunidad de los inmigrantes croatas de Punta Arenas. De partida, es menester señalar que para entonces la principal forma de informarse que aquélla tenía era la prensa, pues la radiotelefonía na habria de alcanzar una difusión masiva sino hasta entrados los años 30. Pero la prensa en esa época era leída en muy pocos hogares de inmigrantes, bien porque no se leía el español o porque simplemente no existía la costumbre de comprar diarios o periódicos. De allí que la eficacia informativa de los mismos, en cuanto a extensión en el ambiente social medio y popular fuera más bien escasa.

Quedaba así, como otra fuente de noticias, la sociabilidad, entendida como concurrencia habitual al Jugoslavenski Dom (el antiguo Hogar Croata), que en 1923 había cambiado su denominación original; o al Club Dálmata (antiguo Club Austriaco). Allí podían obtenerse noticias de variada data sobre lo que acontecía en la patria lejana y comentarse además los diferentes sucesos. Pero quienes concurrían regular u ocasionalmente eran, asimismo, escasos, teniendo en cuenta el gran número de inmigrantes radicados. De tal manera. descontando a una gran mayoría que no se interesaba más que por sus asuntos cotidianos, familiares, personales o laborales, y apenas si tenía alguna preocupación por materias de interés local o regional, únicamente una proporción exigua de la inmigración croata hacia 1930 podía tenerse como informada sobre los acontecimientos de Yugoslavia. Todavía más, de esta reducida cantidad. un sector afín o partícipe de las actividades del Club Dálmata, era de netas simpatías croatistas, por su antiserbismo anterior a 1918, con lo que de tal modo veía cumplirse sus aprensiones. Con lo que venía a quedar una porción infima de informados,  quienes en su mayoría eran yugoslavistas declarados, tanto por convicción como por influjo del liderazgo intelectual que tenía vigencia en las entidades societarias.

Entre aquellos inmigrantes que participaban en el Club Yugoslavo, se aceptaba y cultivaba la imagen de Alejandro Karađorđević como la de un monarca bueno y justo, que sólo quería la concordia en el seno de su país, empeñado, además, en afianzar la unidad nacional y en fomentar el proceso del reino amenazados, así se afirmaba, por algunos políticos locales de viejo cuño. Esta imagen, de cualquier modo, se difundiría pasivamente y ayudaría más tarde a comprender el sentimiento de simpatía y de dolor con que se recibió el asesinato del rey en octubre de 1934. Mayor posibilidad de información habría podido darse naturalmente con la aparición en junio de 1932 del periódico Jugoslaven u Čile (El Yugoslavo en Chile), pero no ocurrió así. Este órgano de difusión fundado por Bonačić-Dorić, no se ocupó de tan trascendente materia como era la situación de los derechos nacionales croatas en el estado yugoslavo, sino en forma indirecta, al referirse de manera dura y despectiva a cuantos en la Argentina principalmente, y también en Chile, aunque sólo de modo ocasional, propugnaban el separatismo de Croacia como consecuencia de la amarga experiencia vivida a contar de 1919.

De lo expuesto cabe concluir que la reducida información que pudo divulgarse localmente en Punta Arenas, estuvo destinada a reafirmar el sentimiento devotamente yugoslavista que paulatinamente iba e iría asumiendo la masa inmigrante. Intérprete cabal de ese sentimiento fue Mirko J. Jordan, hijo del antiguo y prestigioso dirigente croata, al afirmar, justificando como buena la por otros censurada política real, a propósito, de la cuestión croata:

“Debían hacerse desaparecer por todos los medios posibles las diferencias relativamente pequeñas, pero hondamente arraigadas, que los siglos de vida separada habían producido en los pueblos de sangre hermana recién unidos, enrielar el desarrollo de la cultura nacional por un solo sendero, esclarecer la visión torpe de los elementos inconscientes del interés supremo de la nación, cuyos prejuicios —nefasta consecuencia de la separación secular— podían llevarlos a servir el egoísmo de algunos grupos disolventes, obstaculizando ahí el progreso de la obra unificadora, en breve, había que nivelar, no sólo social y económicamente, tarea de por sí tan difícil en los tiempos que corren, sino también y principalmente del punto de vista político. A estas grandes finalidades tendieron todos los esfuerzos que el malogrado Rey Alejandro desplegara con admirable tino y coraje, apoyado en la lealtad y cooperación que le brindaron todos sus súbditos de valer, sin distinción de origen, ideología política, clase, cultura ni religión”.

Por entonces y yendo más lejos todavía, en asombroso esfuerzo dialéctico, Lucas Bonačić-Dorić agregaría:

“Mientras que unos ansiaban asentar la constitución del estado sobre la base de un centralismo sólido, unitario y homogéneo, con el fin de neutralizar tendencias de determinadas políticas internacionales, en contra de la integridad del estado yugoslavo, otros tienden a contrariar este principio. Perdiéndose en cohesión y unidad del Estado, en obsequio de la democracia, opinan por un sistema de descentralización gubernativa y legislativa, de base federalista, con una dilatada autonomía de las diversas regiones o provincias del país. Esta política se deriva de cierta autonomía restringida que poseían dichas regiones antes de la unificación, que, además de poseer sus representantes en los parlamentos de Viena y Budapest, poseían sus dietas provinciales, mientras que Croacia y Eslavonia, tenían en Zagreb, un parlamento propio, con una amplia y completa autonomía. No debe olvidarse que estas autonomías aparentes, y que sólo existían sobre el papel sufrían continuos atentados de parte del poder central. Las dietas provinciales no eran instrumentos del poder y en las que se fomentaban y anidaban luchas nacionalistas, que con tanto acierto se manejaban en tiempo de los Habsburgo”.

Esta acomodaticia argumentación, que no resiste el menor análisis, pone de manifiesto el esfuerzo del articulista para hallar bondad en lo que no tenía justificación alguna. Pero aunque inconsistente y falso, el discurso no dejaba de influir de alguna manera en el seno de la comunidad croata de Punta Arenas. Tiempo después, convertido ya en un corifeo incansable del yugoslavismo integral, Bonačić-Dorić añadiría:

“Hoy Yugoslavia se halla empeñada en un proceso histórico de formación interna, que bien podríamos llamar de movimiento constitucional, en cuya solución hallará seguramente el equilibrio de sus instituciones de régimen y de gobierno. Mientras que la mayoría occidentalista del pueblo (los croatas y eslovenos), que en los tiempos anteriores a la unificación, gozaba de una dilatada autonomía, no siempre bien aplicada y violada por los pueblos opresores, aboga por la federalización del país, la mayoría orientalista (los serbios), de tradiciones unitarias, preconiza este último sistema de gobierno. En la solución de esta crisis constitucional e institucional, ambas tendencias poseen fuertes adeptos en todos los sectores del país y de la opinión pública”.

La solución justa y razonable se halla en el centro de gravitación de ambas tendencias extremistas y de ambas ideologías que, con el proceso lento del tiempo, hallará su equilibrio completo, ya bastante avanzado. Entre tanto, los acontecimientos en Yugoslavia no cedían en intensidad. De tal modo se habían venido sucediendo, a contar de 1932, el manifiesto de todos los grupos políticos opositores al gobierno de Belgrado, por el que se condenaba a la dictadura y al unitarismo forzado; luego, la subsecuente prisión del moderado Vladimir Maček, sucesor de Radić en el liderazgo del Partido Campesino Croata, el atentado que costara la vida del rey Alejandro; las represiones contra estudiantes, obreros y campesinos croatas; y las reiteradas victorias electorales del movimiento nacional croata.

Estos y otros aspectos (salvo el caso de regicidio) ningún comentario merecieron al liderazgo intelectual yugoslavo de Punta Arenas. En cambio sí lo hubo de merecer el último punto, para el diario “El Magallanes”, al comentar breve y significativamente, en artículo de redacción, el resultado de las elecciones del 11 de diciembre de 1938, en que el poderoso bloque opositor al gobierno de Belgrado (Bloque de Compromiso del Pueblo) había obtenido un triunfo arrollador. A la opinión pública no se le ha escapado la observación de que estas elecciones tuvieron por objetivo determinado, romper el frente unido de los croatas que luchaban por su autonomía. La victoria aplastante del doctor Maček, en Croacia y Dalmacia (provincia de Croacia), tomando en cuenta la ley electoral vigente, significa la reafirmación de la voluntad inquebrantable del pueblo croata de reivindicar su autonomía; y, por consiguiente, el fracaso de la política gubernativa. De lo que a partir de aquel suceso pasó a acontecer en Yugoslavia, la comunidad croata de Punta Arenas hubo de informarse bien y oportunamente, gracias a la cobertura que al tema dieron las agencias de noticias, en medio del tráfago informativo de aquel aciago tiempo. En efecto, amén de las noticias ocasionales, los lectores del decano de la prensa puntarenense pudieron conocer interesantes artículos referidos a la personalidad de Maček, a su ideario e inteligente conducción política, y a los objetivos de la tenaz lucha croata. Del mismo modo pudo conocerse la importante noticia del trascendente acuerdo político, suscrito en Bled el 26 de agosto de 1939, entre Maček y el dirigente serbio Dragiša Cvetković, primer ministro del reino yugoslavo, en cuya virtud se creó la Banovina Hrvatska (Banato de Croacia), con lo que en principio se dio satisfacción a las insistentes reclamaciones croatas. Fue aquel, sin duda, un acontecimiento histórico, no obstante las imperfecciones y limitaciones del acuerdo, que bien merecía un comentario de la dirigencia croata de Punta Arenas, y que esta vez por cierto lo hubo y muy oportuno, a través de la pluma de Lucas Bonačić-Dorić.

“La política interna yugoslava, manifestó el conocido escritor, posee aspectos y características ignorados y mal apreciados y definidos por los mal informados y legos en la materia. Sentada la premisa que, el movimiento autonomista croata, llegado a la altura de su más notable expresión, en su forma integral, afirmemos que la crisis croata no poseía ningún carácter separatista, ni desintegrante de la unidad yugoslava y de la dinastía Karađorđević; ni fue tampoco una doctrina y una creación espontánea de Vladimir Maček, el actual lider del movimiento reformista, que recibiera en sucesión. El movimiento autonomista croata poseía una larga trayectoria, cuyas raíces profundas y originarias están en el prestigio histórico de los pueblos eslavos del sur, y fue de carácter esencialmente económico, administrativo y constitucional. Este agudo problema neurálgico que obraba psicológicamente sobre el sector croata del pueblo yugoslavo no era tampoco un movimiento esporádico totalitario  (…). El nacionalismo croata es un problema interno, es un asunto íntimo de familia, igualmente comprensible a la parte serbia como a la parte croata del pueblo yugoslavo, por encima del que está la unidad nacional.”

Basta afirmar paladinamente que en cada campaña electoral los partidos de coalición de ambas fracciones políticas, llevaban en su programa el estandarte de la solución del problema croata, conducido a feliz solución, dentro de la integridad absoluta de la unidad nacional, cuestión dominante en la política internacional, pues se consideraba que el centralismo se imponía frente a graves acontecimientos exteriores.

Destacaba entonces a continuación Bonačić-Dorić la legitimidad histórica de la personalidad nacional croata y la subsecuente aspiración a su afirmación autonómica en materia de gobierno en el seno del conglomerado estatal yugoslavo, señalando de paso cómo la idea yugoslavista era de origen croata, para concluir conciliador, en alarde de equilibrio:

“El problema croata, conducido a su completa solución, figuraba en los programas de todos los gobiernos yugoslavos, que se han sucedido en los últimos tiempos, y se hallaba también en el espíritu de Alejandro, el Rey Mártir; Los autonomistas croatas pedían la reforma constitucional, administrativa y del sistema electoral, bajo la base del sufragio universal, y otras regalías, problemas solucionados mediante la intervención directa del Príncipe Regente Pablo, el Gobierno de Dragiša Cvetković, y de Vladimir Maček, el lider del movimiento nacional croata. No era, por consiguiente, el problema croata, un problema de sentido ideológico, sino meramente de carácter político e institucional, con cuya solución se consolida la nacionalidad yugoslava dentro del más estrecho respeto de su unidad nacional, puesta por encima de toda consideración.”

Se conoció por aquel mismo tiempo otra opinión, surgida del seno de la descendencia croata chilena. Fue la de Juan Jelinčić Katunarić, periodista y hombre de ideas socialistas, quien obviamente apreció la situación considerándola desde su punto de vista ideológico, no obstante lo cual lo hizo con ecuanimidad y objetividad. Así, haciendo referencia al vigor y raigambre popular del partido liderado por Maček, afirmó:

(…) “el movimiento del campesinado croata así como el de otras provincias, se ha robustecido por el ingreso de importantes sectores de la clase media e intelectuales de prestigio, transformándose este movimiento en un auténtico Frente Popular Croata, con un contenido político y social de vastas proyecciones históricas. Las últimas resoluciones del Gobierno yugoslavo en orden a reconocer los derechos reclamados por Maček, constituyen una prueba evidente de la solidez de su política, así como la fuerza que la apoya. Han resultado estériles los esfuerzos gastados por los agentes de Belgrado para hacer aparecer tanto a Maček como al movimiento que dirige, como el resultado de una influencia directriz venida de las capitales totalitarias. Si hubiese sido posible comprobar fehacientemente tales contactos, este movimiento hubiera sufrido serios quebrantos, cayendo finalmente en el desprestigio, lo cual no ha sucedido hasta ahora, a pesar de los empeños gastados por la oligarquía serbia y sus propagandistas.”

Y en una referencia al republicanismo croata, agregaba Jelinčić a modo de conclusión:

“No hay razón tampoco para escandalizarse si los súbditos de una monarquía, sea esta constitucional o hereditaria, quieran darse otra forma de Gobierno, porque no está escrito en ninguna parte que un régimen jurídico debe ser eternamente igual, y que quienes propician un cambio como el que nos ocupa, tengan que sufrir persecuciones y vejámenes, como le ha sucedido tantas veces a Vladimir Maček, hombre íntegro en todo el sentido de la palabra. Si las necesidades legales, económicas, políticas y culturales exigen este cambio, él debe llevarse a cabo porque así lo desea la voluntad soberana de un pueblo, árbitro supremo de sus destinos. Chile ha dado ya un ejemplo”.

Nada más recogerían las columnas de la prensa punta arenense sobre la cuestión croata. La trágica secuela de acontecimientos que por entonces sacudían a Europa y al mundo relegarían a un plano secundario esa materia en el alud informativo. Sintetizando lo que fueron aquellos dos decenios para la inmigración croata en Magallanes y su descendencia con respecto al problema, queda a la vista una actitud deliberada o involuntaria de prescindencia por parte de la gran mayoría de la comunidad.

En segundo lugar aparece evidente la inconsecuencia de antiguos dirigentes que habían adherido de buena fe a los postulados yugoslavistas, manifestada en la falta de un compromiso visible con la causa nacional croata cuando ésta pasó a ser avasallada por la prepotencia serbia a contar de 1919. Es más, algunos de ellos se propusieron, en engañoso manejo dialéctico, privilegiar como valores sacrosantos la unidad nacional y la legitimidad dinástica de los monarcas serbios.

De tal manera la realidad agobiante del hegemonismo gran serbio opresor de los derechos del pueblo croata pudo ser escamoteada y presentada en cambio la imagen ficticia de una Yugoslavia fraternal, igualitaria, democrática y progresista que logró concitar la simpatía, siquiera pasiva, de la mayoría de los inmigrantes radicados, quienes nunca llegaron a conocer la realidad cabal de lo que acontecía en los históricos lares croatas.

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