El sentimiento nacional entre los inmigrantes de Magallanes (Chile) y sus descendientes durante el periodo final de la Yugoslavia monárquica (1939-1945)

Mateo Martinić Beroš, Punta Arenas

Hace algunos años nos ocupamos en sendos ensayos publicados en 1985 y 1986 de rastrear y analizar el sentimiento patriótico croata entre los inmigrantes arribados al territorio chileno de Magallanes a partir del cuarto final del siglo XIX. Constatamos así la vigencia de dos períodos claramente diferenciados: uno que iba desde 1896, fecha de la fundación de la primera de las instituciones societarias creadas por los emigrantes, hasta 1918; y otro, a partir del surgimiento del estado yugoslavo hasta 1939.

Durante el primero eclosionó y se desarrolló un vigoroso sentimiento de identificación nacional croata entre los individuos de ese origen inmigrados en calidad de súbditos del Imperio Austro-Húngaro, que siendo común a todo el contingente de esa procedencia, no tardó en diferenciarse entre el de aquellos que reconociendo tal pertenencia entendían que sus aspiraciones de autonomía estatal debían encontrar una natural solución en el contexto del mantenimiento del Imperio, -los llamados “legitimistas dálmatas”-, y el propio de cuantos propugnaban el abandono liso y llano de dicho conglomerado estatal, al advertir, por hechos contingentes reiterados, que tal posibilidad no tenía cabida en el mismo, habida cuenta de la hegemonía austro-húngara, -eran estos “los nacionalistas croatas”-. A su tiempo esta idea derivaría del autonomismo independentista croata al abierto “yugoslavismo”, tesis que acabaría imponiéndose en Magallanes como en la mayoría de los núcleos de la diáspora croata, y que se concretó en el surgimiento del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos al término de la Gran Guerra Europea (1918), hecho político entendido sobre la base del cumplimiento honorable del pacto suscrito un año antes en la isla de Corfú entre Ante Trumbić, como representante de los croatas, y Nikola Pašić, primer ministro del Reino de Serbia.

Durante el segundo lapso se registró el mayoritario influjo del integralismo yugoslavista que silenció en nombre de una mal entendida fraternidad entre los eslavos del sur, y que contribuyó a la vigencia de un nuevo y duro hegemonismo serbio sobre los croatas, que generó problemas gravísimos de convivencia en el interior del nuevo estado plurinacional, y que tuvo una solución temporal en el acuerdo Maček-Cvetković de 1939 que dio origen a la Banovina Croata, esto es, el reconocimiento del derecho a la autonomía política, cultural y económica del pueblo croata. En el transcurso de este período, la gran mayoría de los inmigrantes radicados en Magallanes aceptaron activa o pasivamente los hechos según se habían ido dando, pero una minoría, refugiada en los antiguos bastiones legitimistas del Club Dálmata y la Sociedad Dálmata de Socorros Mutuos, mantenía su sentimiento croata y adhería a los postulados de la independencia total de Croacia del Reino de Yugoslavia.

Así las cosas, se arribó al año 1941 sin que en el lapso transcurrido desde agosto de 1939 se hiciera público por alguno de los voceros del yugoslavismo algún comentario favorable a la creación de la Banovina Croata, lo que no deja de ser sorprendente por cuanto tal hecho había significado en su momento siquiera un principio de solución para la grave cuestión que había enfrentado a croatas y serbios durante las dos décadas precedentes. En ese silencio, cargado de significado, advertimos el abandono virtualmente completo de los más caros valores del sentimiento patriótico croata por cuantosinmigrantes los habían profesado con fervor en antaño.

Entonces, el 1 de abril de aquel año, el diario El Magallanes daba cuenta del acto multitudinario de homenaje tributado el día anterior al Rey Pedro II con motivo de su ascención al trono de Yugoslavia, por parte de las diversas instituciones societarias yugoslavas. En la ocasión hablaron el presidente del Dom, Antonio Mimica, el cónsul de Yugoslavia en Punta Arenas, Natalio Brzović, y personas notables como Lucas Bonačić-Dorić y Pedro Marangunić, además de Dinko Čoro, Juan Sturiza y Andrés Kukolj, éste director de la Escuela Yugoslavia, quien investía la calidad de funcionario del gobierno real. Todos los oradores, en particular el último, proclamaron su apoyo y adhesión a la unidad yugoslava ante el inminente ataque militar de Alemania luego del derrocamiento del régimen encabezado por el regente Príncipe Pablo Karađorđević que se había alineado políticamente con aquella potencia. Importa recordar que una de las causas que había motivado el golpe era el descontento de los generales serbios por los términos del acuerdo Maček-Cvetković, ya mencionado. Ante la situación se acordó de manera unánime la refundación de las organizaciones de apoyo creadas en el transcurso de la Primera Guerra Mundial, como eran la Cruz Roja Yugoslava y el Comité “Dalmacia” de la Defensa Nacional Yugoslava.

Luego de la invasión alemana y tras el rápido descalabro militar yugoslavo, las agencias internacionales de noticias dieron cuenta de la rendición del ejército real yugoslavo, de la subsecuente ocupación del país por las fuerzas del Tercer Reich y de la descomposición del estado yugoslavo, con el coetáneo surgimiento de los estados independientes de Croacia, Macedonia y Montenegro.

Fue entonces, a raíz de estos acontecimientos, en especial de la secesión croata, que se convocó a una asamblea de la colectividad residente en Punta Arenas para el día 20 de abril, como de costumbre en el salón principal del Hogar Yugoslavo. La misma se realizó bajo la presidencia de Pedro Marangunić, a la sazón titular de la Jugoslavenska Narodna Obrana Ogranak “Dalmacija”, y en la que el discurso de fondo estuvo a cargo del profesor Andrés Kukolj. También en la oportunidad intervino un hombre de prestigio en la colectividad local, como era Esteban Scarpa, quien destacó y alabó la cohesión de los croatas de Magallanes en ese momento de prueba, olvidándose cualquier motivo de discordia interna, lo que debiera tomarse como una alusión a las diferentes opiniones que se daban respecto de la situación en el desaparecido estado plurinacional.

El acto masivo concluyó con la siguiente resolución, adoptada en forma unánime al calor del fervor provocado por los oradores:

Más de cinco mil yugoslavos de estirpe croata, radicados en el extremo austral de la hospitalaria República de Chile, Provincia de Magallanes, representados hoy 20 de Abril de 1941, en una magna Asamblea Colonial, convocada por la Defensa Nacional Yugoslava, en la ciudad de Punta Arenas, aprobaron espontánea y unánimemente la siguiente Resolución:

  1. Condenar con la mayor indignación la actitud traidora y antipatriótica de Ante Pavelić y secuaces, mercenarios del nazi-fascismo que, con el apoyo de la máquina guerrera alemana e italiana, proclamaron un falso “Estado Libre de Croacia”, entregando de esta forma a los croatas a una esclavitud más inicua que la del yugo secular de la monarquía austro-húngara; Afirmamos que los Croatas pueden ser únicamente libres en la libre Yugoslavia y grandes en la Gran Yugoslavia.
  2. Rindiendo el mayor homenaje de reconocimiento al ejército yugoslavo, que bajo precarias condiciones y con valentía sobrehumana, inflingió pérdidas enormes a las fuerzas enemigas, inmensamente superiores, declaramos nuestra firme voluntad de permanecer fieles hasta el final, a la unidad nacional del Pueblo y del Estado yugoslavo, bajo el cetro de la Dinastía nacional de los Karađorđević y la dirección del Gobierno de S. M. el Rey Pedro II.

III. Estando dispuestos, como hasta ahora, a todos los sacrificios, afirmamos libre y solemnemente, que dedicaremos todos nuestros esfuerzos al servicio de la libertad y de la verdadera democracia, cuyos paladines son Gran Bretaña y los EE.UU. de Norteamérica, que no solamente luchan por la libertad de los pueblos atacados y oprimidos, sino también por la libertad del mundo. Renovamos nuestra fe en el triunfo definitivo de la justicia y de la verdad, como así mismo en la restauración de una Grande y Libre Yugoslavia.

  1. Deseamos que esta resolución sea puesta en conocimiento de la Embajada Británica y del Gobierno Yugoslavo por intermedio de la Delegación Yugoslava en Santiago, y al Presidente de los EE.UU. por el conducto de la Embajada Yugoslava en Washington.

Presidente, Pedro Marangunić

Secretario, Andrés Kukolj

Más allá de lo obvio que resultan los conceptos de la declaración por corresponder a los propios de quienes profesaban un yugoslavismo integral, resulta sorprendente el reconocimiento que se hace al comienzo de la misma, de la pertenencia a la “estirpe croata”, al cabo de más de veinte años en que tal denominación había sido sistemáticamente omitida en discursos y resoluciones societarias. Era, evidentemente, una manera de tocar la íntima fibra patriótica croata formada por los emigrantes y sus descendientes, para sensibilizarlos en procura de los objetivos yugoslavistas. Ello se confirma, además, con la convocatoria hecha por el Dom, la Defensa Nacional y la Cruz Roja Yugoslava para celebrar el 270° aniversario de la muerte de Petar Zrinski y Fran Krsto Frankopan, luego de casi dos décadas de abandono de toda conmemoración referida a estos héroes croatas, que simbolizaban el anhelo histórico por la individualidad y la independencia de su nación.

Un mes después del acontecimiento de que se da cuenta, el 25 de mayo de 1941, se realizó una nueva asamblea en el Dom, convocada para dar cuenta de la anunciada creación de lo que se denominaba “Reino Italiano-Croata”, y en cuyo transcurso intervinieron como oradores de circunstancias el cónsul Brzović, Marangunić y Kukolj.

Como cabía esperarlo, la reunión concluyó con la adopción de una resolución, cuyo texto era el siguiente:

Los yugoslavos de estirpe croata radicados en la provincia de Magallanes, República de Chile, representados el día 25 de mayo de 1941, en la magna asamblea colonial, convocada por la Defensa Nacional Yugoslava, aprobaron espontánea y unánimemente la siguiente Resolución:

1°.- Guiados y animados por los principios de libertad de opinión y sentimiento levantamos nuestra más enérgica protesta contra la implantación del ridículo y arlequinesco “Reino Italiano-Croata” y repudiamos la criminal y cobarde actitud de los traidores nacionales Ante Pavelić y secuaces.

2°.- Confesamos públicamente una vez más delante del mundo entero nuestra inquebrantable fidelidad a la unidad nacional y política del pueblo yugoslavo bajo el mando del Rey Pedro II Karađorđević, único, auténtico y legítimo Rey sucesor en la cadena histórica de todos los reyes croatas, serbios y príncipes eslovenos.

3°.- Manifestamos nuestra solidaridad con la oficial declaración de nuestro representante diplomático en Santiago, hecha el 24 del presente en la prensa chilena.

4°.- Acentuamos nuestra fe en la victoria final de la verdad y de la justicia y pedimos que las resoluciones de nuestra magna asamblea, por intermedio de nuestra Delegación en Santiago sean puestas en conocimiento del Gobierno yugoslavo y de los Gobiernos de todas las naciones aliadas, quienes están luchando por la conservación de los derechos humanos y democráticos en el mundo y por la liberación de todos los pueblos actualmente oprimidos.

Defensa Nacional Yugoslava.

Presidente, Pedro Marangunić; secretario, Andrés Kukolj.

Pasando por alto la inexactitud histórica del contenido del punto segundo, claramente acomodaticia a las circunstancias, y tan sólo comentando como nada feliz ni oportuna la decisión de la dirigencia nacional croata (entiéndase “Ustaša”) que había motivado la airada protesta de que se da cuenta, la verdad es que, pese a la proclamada unanimidad de la colectividad, avalada al parecer por la ausencia de toda opinión pública en contrario, lo acontecido, una vez más, no había concitado, ni concitaba el consenso en el seno de la colectividad formada por los inmigrantes y sus descendientes, pues había quienes sin compartir en su totalidad lo realizado por Ante Pavelić, se alegraban de la separación de Croacia de la antigua Yugoslavia, defendían la independencia croata como valor supremo y, aún, expresaban en privado sus simpatías por Alemania. Tal fue el caso de algunos miembros de la emigración que militaban en el Club y Sociedad Dálmata y que se habían manifestado desde largo tiempo como fervientes y recalcitrantes croatas y, como tales, oponentes abiertos a la unidad yugoslava.

Para una apreciación más cabal, viene al caso recordar lo acontecido con la antigua Sociedad Austríaca de Socorros Mutuos una vez finalizada la Gran Guerra Europea o Primera Guerra Mundial.

Para los croatas pertenecientes a esa entidad -que dicho sea de paso agrupaba a la mayoría de la inmigración de esa nacionalidad- aquella situación sobreviniente (la desaparición del Imperio Austro-Húngaro y la incorporación de la nación croata al nuevo reino plurinacional encabezado por la monarquía serbia) exigía el cambio de denominación indispensable, pero al determinarlo así primó entre los mismos la aceptación por los sentimientos de la nacionalidad histórica croata a la que los hechos habían hecho emerger, y así su fidelidad fue para con ella, sin otro compromiso. Se optó entonces por el viejo y querido gentilicio regional dálmata para bautizarla, evocando a Dalmacia, región croata de la que provenía la gran mayoría de los inmigrantes en Magallanes. Esta institución se convertiría entonces en el último bastión sostenedor del nacionalismo croata en la región.

La Sociedad Dálmata de Socorros Mutuos (y también el Club Dálmata), bautizada así a contar de 1919 fue nuevamente “legitimista”, esta vez sosteniendo los principios inclaudicables de la nacionalidad histórica que sus asociados veían subyugada por una realidad político-estatal de un cada vez más desembozado predominio serbio, situación mucho más agobiante que la que alguna vez había podido darse en el antiguo ordenamiento estatal austro-húngaro, como lo demostrarían los sucesos históricos subsecuentes. Había en esa postura, en la “porfía dalmatina” mucho más que posiciones personales de antagonismo con aquellos que militaban en otras entidades generadas en el seno de la inmigración croata de Magallanes. Ello era realmente la expresión tangible de la lealtad a la antigua patria croata por sobre los avatares impuestos por los resultados de la guerra y sus consecuencias, y que se mantendría a flor de piel para ser demostrada en cualquier ocasión que se brindara.

De ese modo, manteniendo su actividad esencial y creciendo numéricamente, la Sociedad Dálmata de Socorros Mutuos agrupó a un conjunto de leales croatas, despreciativamente mirados por quienes hacían del yugoslavismo la meta suprema de sus anhelos políticos étnicos. La Sociedad Dálmata como tal y teniendo, como tenía, la primacía entre las organizaciones creadas por la inmigración en suelo magallánico, se vio oficialmente distanciada y discriminada por la dirigencia de otras instituciones, en particular por la del Hogar Yugoslavo (el antiguo Hogar Croata). Pero sus asociados, cuyo número había alcanzado a ocho centenares y que comenzaría a declinar con los años por razón de las naturales bajas por fallecimientos, alejamientos del territorio y en la medida que cesaba la inmigración, siempre mantuvieron una insobornable fidelidad a la causa justiciera del nacionalismo croata, bien que en forma subyacente, y en muchos de ellos más viva aun en circunstancias dolorosas de una nueva conflagración europea y mundial, una de cuyas víctimas era la entidad estatal multinacional yugoslava surgida en 1918, lo que llevó a mostrar simpatías por las potencias que la habían agredido en un contexto de circunstancias que condujeron a la reconstitución efímera de la estatalidad croata.

En particular, sabemos del grupo de opinión generado en su seno y liderado por hombres tan prestigiosos como Tadeo y Jerónimo Pavišić Glasinović, dálmatas y por supuesto croatas a toda prueba, e integrado por los hijos del primero y algunos parientes y amigos. Ellos en espontáneas reuniones dominicales en el Club Dálmata, de las que participaban otros habituales u ocasionales contertulios, comentaban y debatían con calor acerca del curso de los acontecimientos, según se les conocía por las noticias de prensa y radio. Pero, por lo común, muy poco de eso trascendía a ese círculo societario y aquellas ideas y sentimientos nacionalistas croatas acabarían olvidándose en el tráfago de los acontecimientos del tiempo.

Hasta donde hemos podido indagar en fuentes familiares, queda claro que hubo una aceptación del hecho consumado como fue la independencia y la subsecuente creación del Estado Independiente de Croacia. Pero, así y todo, se trataba de una situación confusa e incómoda por cuanto aquel suceso se había dado en el contexto político del fascismo imperante, circunstancia que localmente, como en la mayoría de las naciones ajenas a las potencias del Eje se veía como un estigma. Hubo pues más que manifestaciones de alegría, una aceptación de los hechos y, en su transcurso, de resignación ante lo inevitable. Esto derivaría insensiblemente, para la mayoría de ellos y frente a la actividad vocinglera del “bando opuesto”, por así llamarlo, en una suerte de despreocupación paulatina por lo que acontecía en la vieja patria… Al fin y al cabo, ahora los afectos e intereses estaban firmemente arraigados en Chile.

Para un juicio histórico verdaderamente objetivo como debe ser, es preciso trasladarse a la época y procurar entender el sentimiento patriótico del pueblo croata -el que se hallaba dentro del estado yugoslavo y el que integraba la extensa emigración repartida por el mundo-, y por tanto hacer una diferenciación entre su motivaciones inspiradoras.

Para los que vivían en las distintas regiones históricas de Croacia, lo acontecido a partir de 1918 había sido una dolorosa frustración -una traición a la buena fe croata- por la imposición de las ideas y prácticas hegemónicas del granserbismo por sobre el compromiso pactado de poner en vigencia un estado plurinacional igualitario. Para los de la periferia, que mayoritariamente habían sostenido desde el exterior la propuesta yugoslavista durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial, o estaban en el limbo (caso de los inmigrantes radicados en Chile) y por tanto ignoraban cuanto había sucedido en el seno del estado yugoslavo, o, si se poseía información, su apreciación era benevolente por considerar que se había generado una lamentable confusión, cuando no una equivocación irremediable.

De allí que estimamos, había legítimo derecho a la visión discrepante, según se estuviera informado o se soportaran las consecuencias, al juzgar los hechos acaecidos a la luz de los compromisos anteriores a 1918.

Y tornando a los que habitaban en las tierras vernáculas y para muchos de la diáspora (los croatas de Argentina, por ejemplo), el golpe de estado de 1941 que había puesto fin al régimen encabezado por el príncipe regente Pablo, había conformado la gota que había rebalsado la copa de la paciencia croata, aun la de los más moderados como el respetado líder Vladimir Maček y sus seguidores, con lo que con la invasión alemana de Yugoslavia se había dado la oportunidad que esperaban aquellos que militaban en el extremismo “ustaša” esto es, se había puesto en práctica el antiguo axioma, “el enemigo (los alemanes) de mi enemigo (los serbios) es mi amigo” y así, lejos de combatir en defensa de un estado que no sentían como propio, abandonaron las armas y aprovecharon la coyuntura para refundar el Estado nacional croata. Pensar así y obrar en consecuencia, o al menos aceptarlo patrióticamente como un hecho consumado (caso del arzobispo Alojzije Stepinac, por señalar al más calificado), no era ser traidor a nada y sí fiel a la causa patriótica que anidaba en el corazón de todo croata auténtico. En esta última situación se encontraron tantos inmigrantes de la diáspora que, como los recalcitrantes dálmatas de Magallanes, simpatizaron con la causa de las potencias del Eje, con Alemania en particular, en tanto que habían favorecido la reconstitución del antiguo estado nacional.

Entre los croatas de Magallanes, pues, se dieron de modo natural las dos opciones legítimas: la de una parte, aparentemente mayoritaria, conducida hábilmente por un núcleo activo y vociferante de yugoslavistas integrales, quienes se condolían de lo ocurrido tras la invasión militar germana, reafirmaban su adhesión a la Yugoslavia monárquica y condenaban severamente al separatismo croata; y la de otra parte de la colectividad, pasiva y silenciosa, que adhería al Estado Independiente de Croacia y simpatizaba con la causa del Eje. Así, en Magallanes hubo de quedar también en evidencia la tragedia que marcaría la trayectoria histórica de la nación croata durante el siglo XX, que tendría una triste y dolorosa secuencia durante los años que siguieron hasta el fin de la guerra mundial, en la posguerra y en los años que siguieron hasta los históricos sucesos de 1990-91 que culminaron con la independencia de Croacia.

Lo acontecido en el territorio yugoslavo entre 1941 y 1945, cada vez más y mejor conocido, tuvo para los sentimientos patrióticos de los inmigrantes croatas, cualquiera que haya sido su motivación, diferentes instancias de percepción.

Es preciso convenir que el tema no resulta fácil ni cómodo de tratar. Pero ha debido, debe y deberá ser considerado con creciente objetividad por parte de los estudiosos en la medida que el correr del tiempo (y la cada vez mayor disponibilidad de antecedentes) nos aleje de esos años cruciales en que los croatas, los de dentro de los límites del estado yugoslavo y los de la diáspora mundial tuvieron visiones y posiciones contrapuestas acerca de lo que más convenía al pueblo y a la patria croata. Repetimos, unos y otros en plan de sincero y honesto convencimiento, tuvieron opciones igualmente legítimas. De allí que no corresponde motejar de “traidores” a quienes sustentaban una postura diferente a la que sustenta el analista, cualquiera que éste sea, y considerar la situación con altura de miras y con serenidad en particular para tratar de entender la posición de cuantos en Croacia propiamente dicha optaron mayoritariamente -activa o pasivamente- por apoyar la creación y la vigencia del Estado Libre Croata, haciendo abstracción de lo que fueron conductas o políticas gubernamentales contingentes, quizá inspiradas por conveniencias de momento, durante el período 1941-1945, cada una de las cuales amerita una consideración especial. Uno de los aspectos más sensibles para el patriotismo croata fue la cesión obligada a Italia de territorios croatas desde siglos, que el gobierno de Pavelić había debido realizar en el contexto del reconocimiento de la estatalidad. Si dentro debió concitar sentimientos de rabia impotente, en la diáspora dolió fuertemente, y ello, más la instauración de un régimen totalitario -al uso del tiempo-, contribuyó a morigerar o enfriar la aceptación de la independencia croata.

Por nuestra parte procuramos entender la discrepancia de pensamiento y de acción, cada una con propia legitimidad, de quienes en el interior de la patria habían sufrido a partir de 1918 las consecuencias del hegemonismo granserbio, algo que los dirigentes croatas pertenecientes al Comité Yugoslavo de Londres nunca pudieron imaginar que ocurriría. Fue ese, convengamos, su gran pecado de ingenuidad, que también debe exculparse, por haberse cometido al calor del fervor yugoslavista de aquel tiempo.

Esos sentimientos respondían en general, reiteramos, a la doble distinta percepción que tenían los croatas de la inmigración anterior a la Primera Guerra Mundial respecto de la de aquellos que vivían en el seno del estado yugoslavo. Esos conservaban la noción ingenua y romántica de la unidad fraternal de los eslavos del sur; éstos, que soportaban la dura realidad de la hegemonía granserbia, hacía tiempo que habían perdido, si es que alguna vez la habían tenido, la esperanza en una convivencia tolerable y respetuosa de su individualidad y derechos nacionales.

Pero retornemos al tiempo y circunstancias locales que interesan.

En Punta Arenas, como en Chile en general, proseguía activa la propaganda yugoslavista encabezada por los personeros y órganos de la Defensa Nacional Yugoslava, para los que, vale destacarlo, había la mayor y más amplia cobertura informativa.

En ese contexto se desarrolló en Santiago durante los días 25 al 28 de julio de 1941 el Congreso de la Defensa Nacional Yugoslava de los Países del Pacífico sur (Chile, Perú y Bolivia), reunión a la que concurrieron Pedro Marangunić y Andrés Kukolj, en representación de los comités “Dalmacija” de Punta Arenas y “Bosna” de Porvenir. Es del caso señalar que el primero fue designado Vice-Presidente del Congreso, en tanto que el segundo asumió la secretaría general. En tal calidad cupo a Kukolj asumir importantes responsabilidades, entre ellas las de redactar las conclusiones con las que se puso término a las deliberaciones.

El Congreso Nacional Yugoslavo, efectuado en Santiago de Chile, informó a su regreso al diario “El Magallanes”, constituye un movimiento de todos los yugoslavos libres residentes en ambas Américas, que se ha iniciado en Chile en forma parecida a un movimiento análogo producido durante la  I Guerra Mundial, cuando los yugoslavos lucharon por la liberación de sus territorios históricos y por la unidad nacional y estatal.

Esta vez, este Congreso tenía su primordial sentido, no sólo en razones políticas, sino que organizar la labor de los yugoslavos diseminados en el mundo de su ayuda a la Patria lejana y dar una base moral más fuerte al Gobierno Yugoslavo, que debido a las circunstancias impuestas por la guerra ha debido abandonar su territorio para luchar junto con todo su pueblo al lado de los países democráticos por su libertad.

El espíritu que reinó en el Congreso dio una vez más a conocer el alma eslava puesta a prueba por los trágicos acontecimientos ocurridos y en igual forma dio a conocer como los yugoslavos residentes en varias naciones están agradecidos por la hospitalidad que gozan y la forma como respetan sus instituciones.

Y terminaba manifestando que los trabajos efectuados durante cuatro días de ímproba labor pueden condensarse en las siguientes conclusiones:

1°.- Los yugoslavos libres están dispuestos a realizar todos los sacrificios posibles para reconquistar su patria invadida, y cumplir sus destinos históricos bajo la dinastía reinante Karađorđević y establecer la constitución democrática.

2°.- Los Yugoslavos juzgan traidora la obra del Gobierno títere croata, encabezado por Ante Pavelić, afirmando que los croatas pueden ser libres solamente en una libre Yugoslavia y grandes en una Yugoslavia grande.

3°.- Esta vez luchan los yugoslavos no solamente por reconstruir su país en la forma conocida hasta ahora, dada por el Tratado de Versalles, sino para que en definitiva abarque todos los territorios que histórica y etnográficamente son yugoslavos, y por eso tienen su fé más fecunda puesta en el Imperio Británico, en la gran nación de Norte América y en su gran pueblo hermano, Rusia, creyendo que estas naciones constituyen la mejor garantía para la futura constitución de Europa, ahora ensangrentada por la guerra a base de los principios de la libre voluntad de los pueblos soberanos.

4°.- Los yugoslavos libres afirman su lealtad al Rey Pedro II y a su gobierno, declarando que están dispuestos a realizar los mayores sacrificios para ayudarlo en su gran labor para obtener los fines que todos los yugoslavos desean.

La compulsa de la prensa puntarenense de ese tiempo permite comprobar la variedad y frecuencia de noticias referidas a las actividades del gobierno monárquico yugoslavo en el exilio (Londres), como de la lucha de resistencia iniciada en suelo yugoslavo por el general Draža Mihajlović, oficial serbio del antiguo ejército real, y sus guerrilleros chetniks, en contra de los ocupantes alemanes e italianos (y de sus aliados del Estado Independiente Croata), del mismo modo como de las repercusiones que todo ello tenía en la colectividad local, a lo menos en el sector alineado con las opiniones de las entidades societarias (exceptuados el Club y Sociedad Dálmata) que se percibían como mayoritarias.

Cada vez había menos referencia a Croacia, sólo Yugoslavia y los yugoslavos, y cuando se hacía mención a la palabra croata era para estigmatizar con ella a quienes eran tenidos como fascistas, disidentes o inclusive como traidores a la presunta causa nacional.

Importa señalar cómo entonces y por los dos años siguientes se destacaba la figura de Mihajlović, tenido como paradigma de cuanto de noble y heroica podía tener la lucha contra los invasores alemanes y sus aliados. Se le ensalzaba mencionándoselo como un nuevo Robin Hood, un nuevo Guillermo Tell o un nuevo Simón Bolívar (conceptos del cónsul de Yugoslavia, Natalio Brzović). No se ahorraban ditirambos y su fotografía lucía en muchas casas de inmigrantes en Magallanes.

Pero avanzado 1944 todo fue cambiando respecto de ese líder de la resistencia, en la medida que cobraba relieve la figura de Josip Broz, alias Tito, antiguo dirigente comunista croata, quien había conformado su propia fuerza guerrillera, y había obtenido el reconocimiento y favor de los Aliados, en particular de los británicos. Mihajlović pasó a ser dejado de lado y luego fue víctima de la denostación y al fin de la execración de cuantos inmigrantes antes lo ensalzaban sin medida y presentado como un traidor, ¡Sic transit gloria mundi!

¿Cuáles eran las causas de ese notorio y sorprendente cambio que, por cierto trascendía a la figura del antiguo oficial real? Ya está dicho: el favor de los Aliados, y en eso influyó el peso que entre ellos tenía la Unión Soviética, hasta 1942, cómplice de Alemania en el despojo y sojuzgamiento de pueblos, y luego víctima de la misma. A la U.R.S.S. -a Josef Stalin, su maquiavélico conductor- le importaba y mucho que, en la perspectiva de la segura derrota militar alemana, Yugoslavia quedara en la esfera de su influencia política y militar en la postguerra. Por tanto, su respaldo a Tito y a su movimiento partisano -inequívocamente comunista- fue total y efectivo, y ante sus otros aliados actuó en consecuencia, convenciéndolos en tal sentido, contando, es claro, con la ingenuidad, si de la misma puede escribirse, del Presidente Roosevelt y de los británicos.

En ese nuevo y cambiante contexto se conoció la adhesión de los croatas de Magallanes al Movimiento de Liberación Nacional encabezado por Tito. Pero ello ocurrió a costa de la unidad de cuantos hasta entonces habían sostenido la “postura oficial” yugoslava, esto es, el apoyo al gobierno monárquico en el exilio y a las fuerzas militares que en el interior de Yugoslavia le obedecían. En efecto, el 23 de abril de 1944 tuvo lugar una asamblea en la que participaron sobre un centenar de personas -cantidad importante para el medio-, todas ellas de origen croata y que, curiosamente, no se realizó en el Dom como era habitual (que sin embargo disponía de capacidad suficiente para tal cantidad), sino en un recinto ajeno.

Para conocer la razón de convocatoria y de sus propósitos basta remitirse al comunicado ulterior dado a la publicidad y que se transcribe en extenso por su significación:

Los yugoslavos residentes en Magallanes, República de Chile, reunidos al amparo de las leyes democráticas de este hospitalario país, movidos por el amor filial hacia la patria lejana, Yugoslavia, y compartiendo los mismos ideales democráticos con los hermanos residentes en Estados Unidos de América, Argentina, Uruguay, Perú y Bolivia, estimamos haber llegado el momento para manifestar públicamente nuestro sentir ante la magnitud de los acontecimientos que en la actualidad se desarrollan en Yugoslavia, con motivo del incremento que ha tomado la guerra de liberación de nuestro suelo, realizada por el heroico Ejército de Liberación Nacional.

Las heroicas fuerzas combatientes de Yugoslavia llenan de orgullo a todo buen patriota y a todo demócrata sincero. Al lado del poderoso Ejército Rojo y de los valientes Ejércitos aliados, que en todos los rincones del mundo luchan contra los bárbaros nazi-fascistas, están en primera fila el Ejército Popular de Liberación Nacional de Yugoslavia, comandado en forma extraordinaria por el genial Mariscal Josip Broz Tito. Esta fuerza en lucha constante, contribuye enormemente acercar el momento de la victoria de las Naciones Democráticas.

Este mismo heroico Ejército que ha merecido los más calurosos elogios de parte de los diversos Gobiernos Aliados y en forma especial del propio premier británico Mr. Winston Churchill, en su reciente exposición en la Cámara de los Comunes, fue y sigue siendo duramente atacado por el Gobierno Yugoslavo en exilio, formado por políticos desplazados y desvinculados del pueblo yugoslavo, que con su nefasta labor provoca la guerra fratricida en nuestra patria.

Analizando ampliamente los acontecimientos que se están desarrollando en nuestra patria e interpretando el sentir de la mayoría de la colectividad yugoslava, estimamos un deber patriótico prestar nuestro apoyo, moral y material, a los hermanos que en Yugoslavia luchan por la liberación de la patria; conscientes de tales deberes reunidos en asamblea amplia realizada en Punta Arenas el día 23 de Abril de 1944, acordamos la siguiente:

RESOLUCIÓN:

1°.- Pleno reconocimiento de fidelidad al Gobierno de Liberación Nacional, presidido por el ilustre demócrata Dr. Ivan Ribar, el cual representa a la nueva Yugoslavia, libre y democrática, sincera colaboración de la solidaridad eslava y con todas las naciones libres y democráticas del mundo.

2°.- Pedimos a los gobiernos aliados de Gran Bretaña, Estados Unidos de Norte América y Unión Soviética el reconocimiento del Gobierno de Liberación Nacional, presidido por el Dr. Ivan Ribar y la inclusión de los derechos de “Préstamo y Arriendo” al Ejército Yugoslavo de Liberación Nacional, bajo el mando del Mariscal Tito.

3°.- Prometemos prestar nuestra ayuda total, moral y material, al Gobierno y Ejército de Liberación Nacional Yugoslavo, dirigido por el genial Mariscal Josip Broz Tito.

4°.- Repudiamos a todos los enemigos declarados del pueblo yugoslavo, y aspiramos a que, en el día de la paz, Yugoslavia sea gobernada por legítimos y auténticos representantes del pueblo, a fin de poder ocupar en el concierto de las naciones el sitio a que tiene derecho por su valor, sus esfuerzos y sus sacrificios.

5°.- Apoyamos ampliamente la Declaración del Directorio Central de la Defensa Nacional Yugoslava del Pacífico, dada en Santiago de Chile con fecha 7 de Marzo último y condenamos enérgicamente al presidente del Comité local “Dalmacija” de la Defensa Nacional Yugoslava, señor Andro I. Kukolj, quien siguiendo el sistema nazifascista mantiene oculto dicho manifiesto de la directiva máxima de nuestra organización y exigimos que cuanto antes se convoque a una amplia reunión colonial, para que así pueda nuestra colectividad libre y democrática pronunciarse sobre los actuales graves acontecimientos.

6°.- Autorizamos a la comisión pertinente para que publique en la prensa estas conclusiones y las remita a todas las organizaciones y prensa yugoslavas de América, como también a los señores representantes de los Gobiernos Aliados, solicitándoles remitan estas conclusiones a sus respectivos Gobiernos. Y finalmente acordamos hacer llegar estas conclusiones y nuestros sentimientos de admiración en conocimiento del Mariscal Tito y del Gobierno de Liberación Nacional, por intermedio del Comité Eslavo de Moscú.

Era evidente que se había producido una ruptura profunda entre dos tendencias: la que seguía las inspiraciones del gobierno real de los Karađorđević en el exilio, a la que adhería el directorio de la Defensa Nacional Yugoslava, del que ya se habían autoexcluído algunos como Pedro Marangunić, y la que a la luz de los acontecimientos militares y políticos en suelo yugoslavo, respaldaba con entusiasmo al denominado Consejo Antifascista de Liberación Nacional de Yugoslavia, esto es al organismo encabezado por Tito y su facción partidaria. Esta posición parecía ser la mayoritaria en el seno de la colectividad y a juzgar por la nómina de los firmantes de la resolución del 23 de abril, en ella estaban los miembros más conspicuos de la misma, tales como los hermanos Pedro, Gustavo y Jerónimo Marangunić, Lucas Bonačić-Dorić, Jorge Jordan, Antonio Kalafatović y Juan Stipičić, entre otros varios. En el bando opuesto habían quedado el combativo intelectual Andrés Kukolj, Kuzma Slavić, Antun Marušić y otros.

Era, sin duda, el reflejo local de lo que en simultaneidad se estaba dando en otras partes del mundo libre en el que tenía presencia la diáspora croata.

La respuesta del directorio de la Defensa Nacional Yugoslava no demoró en conocerse. En ella se atribuía lo obrado a la pasión de “personas poco escrupulosas”, cuyo proceder era divisionista y disolvente, que actuaban abusando de la buena fe de la inmensa mayoría de los que habían concurrido a la asamblea de marras y firmado su resolución.

Tras informar sobre lo que acontecía en el exterior en procura de la armonización de las posiciones, la del gobierno real en el exilio (ahora instalado en El Cairo) y la organización liderada por Tito, concluían expresando:

Antes de terminar, reservándonos el derecho de ejercer las acciones que correspondan, deseamos manifestar a la opinión pública de esta culta ciudad, que lamentamos muy de veras la desviación de nuestros connacionales, quienes han entregado a la especulación de nuestros enemigos comunes, situaciones políticas internas, que en ningún caso deben ser conocidas por quienes sólo persiguen nuestra destrucción.

Nuestro ánimo es hacer resaltar el gran heroísmo que demostró nuestro pueblo desde el momento mismo de la invasión, que dirigido por su jefe, Draža Mihajlović, creador de nuestro Ejército Libertador, supo no sólo salvar la honra nacional, sino perpetuarla dando con su ejemplo estímulo para que posteriormente se organizaran nuevos caudillos, como el jefe Josip Broz Tito, que acosan a los nefastos invasores sin tregua alguna.

Yugoslavia dentro de todos sus vejámenes y tribulaciones, no es un barco sin timón que navega a la deriva, es un país que tiene su gobierno, transitorio o no, pero reconocido por todos los países aliados y con quienes mantiene su representaciones diplomáticas, país que aun canta su himno y enarbola su glorioso tricolor, emblema sagrado de la nacionalidad.

Reconocemos y aplaudimos todos los esfuerzos de nuestros guerrilleros para la liberación y unificación de Yugoslavia, considerándolos como único medio para que después de la guerra sirvan de base para una fuerte y grande nación yugoslava.

En estos terribles momentos rechazamos y condenamos todas las tentativas políticas que puedan producir división entre nuestros connacionales y traer graves consecuencias a la patria misma y al gran ideal eslavista que procura relaciones más estrechas entre todos los países eslavos.

Después de la liberación total de nuestra querida patria, nuestro pueblo que actualmente lucha y se desangra, que llena las cárceles, que sufre toda clase de torturas, que es perseguido y condenado al hambre, ese pueblo, y únicamente él, tendrá derecho a elegir su régimen de gobierno en la forma como él crea conveniente para los intereses de la nación, de su existencia y de su progreso.

Era, estaba meridianamente claro y más allá de las buenas intenciones, la ruptura abierta entre dos posiciones irreconciliables de cara al futuro: la del gobierno del rey Pedro II que se sentía sucesor legítimo del orden desbaratado por la invasión alemana de 1941; y la del indudablemente vigoroso Movimiento de Liberación encabezado por Tito. Cada una de estas posiciones poseían proyectos políticos propios para el país que habría de surgir después de la guerra. Lo ocurrido en el seno de la colectividad de Magallanes fue un reflejo local de la tragedia de la nación croata durante el siglo XX, dividida como estuvo en irreconciliables bandos.

Nada ayudó por entonces (septiembre) que se divulgaran los términos del acuerdo a que habían llegado el 16 de junio el dr. Iván Subašić, en representación del gobierno real, y el jefe partisano Tito. Era evidente que su carácter era meramente formal y de circunstancias, para salvar la cara del débil gobierno monárquico. La realidad indicaba que el movimiento dirigido por Tito habría de imponerse políticamente de la misma manera como tenía éxito en las operaciones bélicas. Y en cuanto a sus intenciones futuras, las mismas quedaban clarísimas en la declaración suscrita por Tito el 17 de agosto de 1944, y que en su parte medular expresaba:

Los representantes del pueblo, en la segunda sesión del Consejo Antifascista de 29 de Noviembre de 1943, condenaron en sus resoluciones la obra traicionera de los gobiernos emigrados y como expresión de los esfuerzos de todos los pueblos yugoslavos, proclamaron el histórico acuerdo de crear una Yugoslavia democrática y federada. El Movimiento Nacional de Liberación Yugoslavo es en esencia un movimiento aceptado por todo el pueblo y de naturaleza a la vez nacional y democrática. Por consiguiente, hemos de subrayar una vez más que los jefes del Movimiento de Liberación Nacional Yugoslavo tienen ante sí una finalidad única fundamental: luchar contra los invasores y sus lacayos y construir una Yugoslavia federal democrática, y no la que nuestros enemigos nos imputan: introducir el comunismo.

Ante lo declarado no puede dejarse de hacer dos comentarios. Uno, que no obstante la tan proclamada profesión de democracia, la misma debía entenderse a la manera de los comunistas, como en efecto sucedió tras la derrota y retirada alemana, esto es, la imposición de una dictadura desembozada y centralista dirigida por un partido totalitario, en un régimen que de democrático sólo mantendría las apariencias formales, y dos, que al recogerse la idea federal -con todas las limitaciones con que se la aplicaría-, se satisfacía medianamente lo que había sido el principal anhelo del pueblo croata dentro de las fronteras yugoslavas.

Pero entonces en Magallanes aquello no se preveía por cuantos adherían con entusiasmo al ideario del Consejo Antifascista de Liberación, y su fuerza se impondría rápida y mayoritariamente. No tardarían pues en excluir a los antiguos compañeros de ruta que pensaban diferente, los que se alejaron voluntaria o forzadamente de las instituciones creadas por la emigración, cuyos directorios serían copados por los partidarios de la posición dominante.

De ese modo se arribó a 1945, tiempo del triunfo militar de los Aliados en Europa, con la derrota y la rendición del Tercer Reich Alemán, y la liberación final de las naciones ocupadas. Eso en Yugoslavia había significado el triunfo de las fuerzas guerrilleras de Josip Broz Tito, y con ello llegó el inevitable destino para los vencidos: allá, para los que habían sostenido la utopía independentista, la persecución implacable, el juicio inicuo (si es que llegó a darse) y la represión feroz, de cuyo espantoso resultado sólo se sabría muchos años después; acá, para los que habían apoyado esa idea, el ostracismo societario, el menosprecio personal y el olvido. Así y todo, y como consecuencia del cegado yugoslavismo integral, en Magallanes no se supo con certeza lo que sucedió en la frontera austro-eslovena de Bleiburg, donde el ejército de los ustaša croatas que escaparon de Croacia a través de los Alpes fueron engañados por los ingleses, y entregados de vuelta al ejército partisano yugoslavo. Este hecho es conocido como “la tragedia de Bleiburg”, donde más de 300.000 croatas, entre militares y civiles, fueron masacrados por las tropas de Tito. La ruta que siguieron los croatas desde Austria hasta el Banato de Serbia fue conocida como “el via crucis croata” o “križni put”, pues en el ocurrió el mayor genocidio del pueblo croata de mediados del siglo XX, a cargo de los comunistas yugoslavos.

Para entonces, por otra parte, los símbolos del poder monárquico habían sido relegados al más oprobioso olvido. Aquellos inmigrantes que hasta no hacía mucho habían sostenido la causa de los Karađorđević y de su antiguo régimen opresor del pueblo croata guardaban prudente silencio, tanto localmente en Magallanes como también en otros lugares del mundo donde radicaba la extensa diáspora abrumadoramente croata. Todo aquel que quisiera posar de patriota y progresista se las daba de republicano y antifascista. Tal sucedió entre los inmigrantes croatas y sus descendientes chilenos en Magallanes. Todos aquellos que apoyaban la causa de la monarquía serbia olvidaron las antiguas loas “al joven y heroico Rey Pedro”, y las cantadas bondades del centralismo unificador granserbio de los Karađorđević.

Al constituirse en 1945 la República Popular y Federativa de Yugoslavia, volvieron a ponderarse las bondades de los regímenes republicanos y federales, -antaño propugnados por el liderazgo croata de entre guerras, en especial por el gran estadista Stjepan Radić-.

Y en ese tiempo, en una nueva voltereta dialéctica, Lucas Bonačić-Dorić, el intelectual más respetado de la comunidad radicada en Magallanes, quien en 1914 había defendido el federalismo como una solución para los pueblos integrantes del Imperio Austro-Húngaro, y que en 1930, oponiéndose a la propuesta federalista y autonómica croata, la había menospreciado y rechazado por estimarla antinacional –“mezquino y parcial provincialismo” la llamó- ahora, en 1945, volvía a retomar la posición de antaño y a aplaudir el federalismo preconizado y adoptado por el Consejo Nacional de Liberación dirigido por Josip Broz Tito.

Así Bonačić-Dorić, argumentando en favor de su antigua-nueva tesis, escribió:

Aunque parezca extraño la tendencia del pueblo croata fue siempre el federalismo. Desde siglos Croacia tenía su parlamento propio frente a Austria y Hungría, y bajo esta misma combinación estatal, existían en todas las provincias croatas dietas y parlamentos provinciales, cuyos diputados concurrían a la vez a los parlamentos comunes de Viena y Budapest, haciendo por consiguiente los croatas una intensa vida parlamentaria, que se acercaba al federalismo. Cuando fue creada Yugoslavia, el parlamento croata de Zagreb fue abolido, con lo que los croatas sintieron una honda nostalgia por su parlamentarismo, hasta el punto de no acudir al parlamento de Belgrado, en tiempos de dictadura. Los croatas volvían a Belgrado cuando el partido agrario croata aliado a partidos serbios le daba al gobierno de Stojadinović, en las elecciones generales, el golpe de gracia, que le obligó a dimitir.

Todos estos factores de arrastre, creaban en la conciencia pública croata, después de dolorosas experiencias, deseos de reforma constitucional, cuyos ideales han sido recogidos y llevados avante por el Movimiento de Liberación Nacional, encabezado por el Mariscal Tito. Todos los que son adictos al centralismo yugoslavo de Belgrado son negados a cada rato por la evolución histórica yugoslava, llevada hoy hasta la apoteosis de su triunfo.

Y, por otra parte, tocante al régimen político a establecerse en el nuevo estado yugoslavo, afirmó:

Además, el sistema republicano de gobierno no es extraño a los croatas. Desde la Edad Media hubo en las costas orientales del mar Adriático, ciudades libres con estatutos de corte republicano. Nadie ignora de la existencia de la magnífica república independiente de Ragusa-Dubrovnik- la patria de Ivan Gundulić, el Dante eslavo, que durante siete siglos rivalizara con la serenísima república de Venecia, de San Marcos, y cuyos galeones navegaban por los mares entonces conocidos, y que cayera con el advenimiento de Napoleón, y el nacimiento de Yugoslavia.

Por consiguiente, el movimiento de liberación nacional yugoslavo, del Mariscal Tito, no es un movimiento esporádico e inconsciente, sino la expresión genuina de una inquietud nacional, que corresponde al espíritu de la época y a los postulados de estos tiempos, y que próximamente serán ratificada por la Asamblea Constituyente Yugoslava, en la organización del futuro Estado Yugoslavo y la abolición de sus anacronismos.

Así, con la palabra autorizada e indiscutida de uno de los corifeos de la Yugoslavia de entre guerras, concluiría el agitado y cambiante cuatrienio del que nos ocupamos. Durante su transcurso, con los avatares conocidos, se había impuesto a tabla rasa el ideario unitarista yugoslavo, que aunque con matices formales diferenciales entre el período anterior a 1941 y al posterior a 1945, sería la expresión tangible de un centralismo agobiador del hegemonismo granserbio, ahora revestido ideológicamente con el comunismo, sobre el conglomerado plurinacional yugoslavo.

En la colectividad formada por los antiguos inmigrantes arribados a Magallanes desde fines del siglo XIX y su descendencia chilena se dieron desde entonces tanto la aceptación gozosa de muchos, como la resignada aceptación de otros y el abierto desinterés de unos terceros. Ya no habría más disputas ideológicas en el porvenir: todos los miembros de la colonia fueron conocidos como “yugoslavos”, tanto por origen como por descendencia. Esta sería para lo futuro la característica más distintiva de la colectividad residente en Magallanes, que no poco sorprendería a los venidos de otras partes.

Lo que nadie podía imaginar en ese tiempo, que para unos había sido y era de euforia, y para otros de dolor y sufrimiento, era que medio siglo después, cuando la gran mayoría de los protagonistas de los sucesos de 1941-1945 había desaparecido, en medio de los asombrosos acontecimientos europeos finiseculares, con el descalabro de las así llamadas “democracias populares”, emergería, al fin independiente, una Croacia rediviva.

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